lunes, 22 de febrero de 2010

Tres portugueses bajo un paraguas, de Rodolfo Walsh


1
El primero portugués era alto y flaco.
El segundo portugués era bajo y gordo.
El tercer portugués era mediano.
El cuarto portugués estaba muerto.



2
- ¿Quién fue?- preguntó el comisario Jiménez.
- Yo no - dijo el primer portugués.
- Yo tampoco - dijo el segundo portugués.
- Yo menos - dijo el tercer portugués.

3
Daniel Hernández puso los cuatro sombreros sobre el escritorio.
El sombrero del primer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del segundo portugués estaba seco en el medio.
El sombrero del tercer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del cuarto portugués estaba todo mojado.

4
- ¿Qué hacían en esa esquina? - preguntó el comisario Jiménez.
- Esperábamos un taxi - dijo el primer portugués.
- Llovía muchísimo - dijo el segundo portugués.
- ¡Cómo llovía! - dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués dormía la muerte dentro de su grueso sobretodo.

5
- ¿Quién vio lo que pasó? - preguntó Daniel Hernández.
- Yo miraba hacia el norte - dijo el primer portugués.
- Yo miraba hacia el este - dijo el segundo portugués.
- Yo miraba hacia el sur - dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba muerto. Murió mirando hacia el oeste.

6
- ¿Quién tenía el paraguas? - preguntó el comisario Jiménez.
- Yo tampoco - dijo el primer portugués.
- Yo soy bajo y gordo - dijo el segundo portugués.
- El paraguas era chico - dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués no dijo nada. Tenía una bala en la nuca.

7
- ¿Quién oyó el tiro? - preguntó Daniel Hernández.
- Yo soy corto de vista - dijo el primer portugués.
- La noche era oscura - dijo el segundo portugués.
- Tronaba y tronaba - dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba borracho de muerte.

8
- ¿Cuándo vieron al muerto? - preguntó el comisario Jiménez.
- Cuando acabó de llover - dijo el primer portugués.
- Cuando acabó de tronar - dijo el segundo portugués.
- Cuando acabó de morir - dijo el tercer portugués.
Cuando acabó de morir.

9
- ¿Qué hicieron entonces? - preguntó Daniel Hernández.
- Yo me saqué el sombrero - dijo el primer portugués.
- Yo me descubrí - dijo el segundo portugués.
- Mis homenajes al muerto - dijo el tercer portugués.
Los cuatro sombreros sobre la mesa.

10
- Entonces, ¿qué hicieron? - preguntó el comisario Jiménez.
- Uno maldijo la suerte - dijo el primer portugués.
- Uno cerró el paraguas - dijo el segundo portugués.
- Uno nos trajo corriendo - dijo el tercer portugués.
El muerto estaba muerto.

11
- Usted lo mató - dijo Daniel Hernández.
- ¿Yo, señor? - preguntó el primer portugués.
- No, señor - dijo Daniel Hernández.
- ¿Yo, señor? - preguntó el segundo portugués.
- Sí, señor - dijo Daniel Hernández.

12
- Uno mató, uno murió, los otros dos no vieron nada - dijo Daniel Hernández. - Uno miraba al norte, otro al este, otro al sur, el muerto al oeste. Habían convenido en vigilar cada uno una bocacalle distinta, para tener más posibilidades de descubrir un taxímetro en una noche tormentosa.
"El paraguas era chico y ustedes eran cuatro. Mientras esperaban, la lluvia les mojó la parte delantera del sombrero.
"El que miraba al norte y el que miraba al sur no tenían que darse vuelta para matar al que miraba al oeste. Les bastaba mover el brazo izquierdo o derecho a un costado. El que miraba al este, en cambio, tenía que darse vuelta del todo, porque estaba de espaldas a la víctima. Pero al darse vuelta se le mojó la parte de atrás del sombrero. Su sombrero está seco en el medio; es decir, mojado adelante y atrás. Los otros dos sombreros se mojaron solamente adelante, porque cuando sus dueños se dieron vuelta para mirar el cadáver, había dejado de llover. Y el sombrero del muerto se mojó por completo por el pavimento húmedo.
"El asesino utilizó un arma de muy reducido calibre, un matagatos de esos con que juegan los chicos o que llevan algunas mujeres en sus carteras. La detonación se confundió con los truenos (esta noche hubo tormenta eléctrica particularmente intensa). Pero el segundo portugués tuvo que localizar en la oscuridad el único punto realmente vulnerable a un arma tan pequeña: la nuca de su víctima, entre el grueso sobretodo y el engañoso sombrero. En esos pocos segundos, el fuerte chaparrón le empapó la parte posterior del sombrero. El suyo es el único que presenta esa particularidad. Por lo tanto es el culpable."

El primero portugués se fue a su casa. Al segundo no lo dejaron. El tercero se llevó el paraguas. El cuarto portugués estaba muerto. Muerto.

En defensa propia, de Rodolfo Walsh

- "Yo, a lo último, no servía para comisario" - dijo Laurenzi, tomando el café que se le había enfriado -. "Estaba viendo las cosas, y no quería verlas. Los problemas en que se mete la gente, y la manera que tiene de resolverlos, y la forma en que yo los habría resuelto. Eso, sobre todo. Vea, es mejor poner los zapatos sobre el escritorio, como en el biógrafo, que las propias ideas. Yo notaba que me iba poniendo flojo, y era porque quería pensar, ponerme en el lugar de los demás, hacerme cargo. Y así hice dos o tres macanas, hasta que me jubilé. Una de esas macanas es la que le voy a contar.
Fue allá por el cuarenta, y en La Plata. Eso le indica" - murmuró con sarcasmo, mirando la plaza llena de sol a través de la ventana del café - "que mi fortuna política estaba en ascenso, porque usted sabe cómo me han tenido a mí, rodando por todos los destacamentos y comisarías de la provincia.
La fecha justa también se la puedo decir. Era la noche de San Pedro y San Pablo, el 29 de junio. ¿No le hace gracia que aún hoy se prendan fogatas ese día?"
- Es por el solsticio estival - expliqué modestamente.
- "Usted quiere decir el verano. El verano de ellos que trajeron de Europa la fiesta y el nombre de la fiesta".
- Desconfíe también del nombre, comisario. Eran antiguos festivales celtas. Con el fuego ayudaban al sol a mantenerse en el camino más alto de cielo.
- "Será. La cuestión es que hacía un frío que no le cuento. Yo tenía un despacho muy grande y una estufita de kerosén que daba risa. Fíjese, había momentos en que lo que más deseaba era ser de nuevo un simple vigilante, como cuando empecé, tomar mate o café con ellos en la cocina, donde seguramente hacía calor y no se pensaba en nada.
Serían las diez de la noche cuando sonó el teléfono. Era una voz tranquila, la voz del juez Reynal, diciendo que acababa de matar un ladrón en su casa, y que si yo podía ir a ver. Así que me puse el perramus y fui a ver.
Con los jueces, para qué lo voy a engañar, nunca me entendí. La ley de los jueces siempre termina por enfrentarlo a uno con un malandra que esa noche tiene más suerte, o mejor puntería, o un poco más de coraje que seis meses antes, o dos años antes, cuando uno lo vio por última vez con una vereda y una 45 de por medio. Uno sabe cómo entran, cómo no va a saber, después de verlo llorando y, si se descuida, pidiendo por su madre. Lo que no sabe, es cómo salen. Después hasta le piden fuego por la calle, y usted se calla y se va a baraja porque se palpita que hay un chiste en alguna parte, y no vaya a resultar que el chiste es a costa suya.
Iba pensado en estas cosas mientras caminaba entre las fogatas que la garúa no terminaba de apagar, esquivando los buscapiés de la juventud que también festejaba, como dice usted, lo alto que andaba el sol y, seguramente, la cosecha próxima, y los campos llenos de flores. Para distraerme, empecé a recordar lo que sabía del doctor Reynal. Era el juez de instrucción más viejo de La Plata, un caballero inmaculado y todo eso, viudo, solo e inaccesible.
Entré por un portoncito de fierro, atravesé el jardín mojado, recuerdo que había unas azaleas que empezaban a florecer y unos pinos que chorreaban agua en la sombra. La cancel estaba abierta, pero había luz en una ventana y seguí sin tocar el timbre. Conocía la casa, porque el doctor solía llamarnos cada tanto, para ver cómo andaba un sumario o para darnos un sermón. Tenía ojos de lince para los vicios de procedimiento, la sangre de sus venas pasaba por el código y no se cansaba de invocar la majestad de la justicia, la de antes. Y yo que hasta tengo que cuidar la ortografía, y no hablo de los vicios de procedimiento ya va a ver. Pero yo no era el único. Conozco algunos que pretendían tomarlo en farra, pero se les caían las medias cuando tenían que enfrentarlo.
Y es que era un viejo imponente, con una gran cabeza de cadáver porque año a año la cara se le iba chupando más y más, hasta que la piel parecía pegada a los huesos, como si no quisiera dejarle nada a la muerte. Así lo recuerdo esa noche, vestido de negro y con un pañuelo de seda al cuello.
Con este hombre yo me guardaba un viejo entripado, porque una vez en la misma comisaría, adonde llegó como bala me soltó al tuerto Landívar, que tenía dos muertes sin probar, y más tarde iba a tener otra. Nunca olvidé lo que me dijo Es mejor que ande suelto un asesino, y no una ruedita de la justicia. ¿Y el peligro? - le pregunté. El peligro lo corremos todos- dijo. Pero fui yo el que tuve que matarlo a Landívar, cuando al fin hizo la pata ancha en los galpones de Tolosa, y yo me acordé del doctor, del doctor y de su madre".

El comisario se agarró el mentón y meneó la cabeza. Como si se riera de alguna ocurrencia secreta, y después soltó una verdadera carcajada, una risa asmática y un poco dolorosa.

- "Bueno, ahí estaba sentado ante su escritorio, como si nada hubiera pasado, absorto en uno de esos libracos de filosofía, o vaya a saber qué, pero en todo caso algo importante, porque apenas alzó la cabeza al verme en la puerta y siguió leyendo hasta que llegó al final de un párrafo que marcó con una uña afilada y como de vidrio. Tuve tiempo de sacarme el sombrero mojado, de pensar dónde lo pondría, de ver el bulto en el suelo, que era un hombre, de codearme con un jinete de bronce y, en general, de sentirme como un auxiliar tercero que lo van a amonestar. Recién entonces el viejo cerró el libro, cruzó los dedos y se quedó mirándome con esos ojos que siempre parecían estar haciendo la seña del as de espadas.
Le pregunté, de buen modo, qué quería que hiciera. Contestó que yo sabía cuál era mi deber, que yo conocía o debía conocer el Código de Procedimientos, que el desde ya su reemplazante de turno era el doctor Fulano, y que no lo tomara a mal si, ya que estaba, observaba con interés profesional la forma en que yo encauzaba el sumario.
Le aseguré que no faltaba más. Le dije si estaba bien que le hiciera una inspección ocular. Hizo que sí con la cabeza. ¿Y que le preguntara algunas cosas y que lo tuviese demorado hasta que el doctor fulano dispusiera lo contrario? Entonces se echó a reír y comentó Muy bien, muy bien, eso me gusta.
Moví con el pie la cara del muerto, que estaba boca abajo frente al escritorio, y me encontré con un antiguo conocido, Justo Luzati, por mal nombre El Jilguero, y también El Alcahuete, con fama de cantor y de otras cosas que en su ambiente nadie apreciaba. Supe tratarlo bastante en un tiempo, hasta que lo perdí de vista en un hospital, pobre tipo.
Pero resultaba bueno verlo muerto así, al fin con un gesto de hombre en la cara flaca donde parecía faltarle unos huesos y sobrarle otros, y un 32 empuñado a lo hombre en la mano derecha, y todavía ese gesto bravío de apretar el gatillo a quemarropa, cuando ya le iban a tirar, o le estaban tirando, y le tiraron nomás y el plomo del 38 que el doctor sacó de algún cajón lo sentó de traste. Y entonces se acostó despacio a lagrimear un poco y a morir.
Pero ese viejo, era cosa de ver, o de imaginar, la sangre fría, de ese viejo. Dejó el 38 sobre la mesa, con cuidado porque era una prueba. Me llamó por teléfono, sin levantarse siquiera, porque no había que tocar nada. Y siguió leyendo el libro que leía cuando entró Luzati.
-¿Lo conoce doctor?- le pregunté.
- Nunca lo había visto.
Entonces, mientras lo estaba mirando, descubrí ese estropicio en la biblioteca que tenía detrás de él.
- ¿Y de eso - señalé - no pensaba decirme nada?.
- Usted tiene ojos - respondió.
Había una hilera de tomos encuadernados en azul, creo que era la colección de La Ley. Y uno estaba medio destripado, le salían serpentinas y plumitas de papel, y al lado había un marco de plata boca abajo, un retrato con la foto y el vidrio perforados.
- Quédese quieto, doctor, no se mueva- le previne y le di la vuelta al escritorio, me paré donde se había parado Luzati, donde todavía estaba el agua de sus zapatos y desde allí miré al viejo, y luego detrás del viejo, y nuevamente esa cara cadavérica y severa. Pero él me corrigió: - Un poquito más a la izquierda - dijo.
- ¿Qué se siente, doctor, cuando a uno le erran por tan poco?
- No se siente nada- contestó - y usted lo sabe.
Entonces me agaché, saqué el 32 de entre los dedos de Luzati, abrí el tambor y allí estaba la cápsula picada y el resto de la carga completa, y hasta el olor de la pólvora fresca. Todo listo y empaquetado para el gabinete Vucetich, donde seguramente iban a encontrar que el plomo de la biblioteca correspondía al 32, y que el ángulo de tiro estaba bien, y todo estaba bien, y se lo iban a ilustrar con dibujitos y rayas coloradas, verdes y amarillas para probar nomás que el doctor había matado en defensa propia.
Puse el 32 junto al otro, sobre el escritorio, y fue entonces cuando él me oyó decir Qué raro y me miró sin moverse.
- ¿Qué raro doctor?- le dije caminando otra vez hacia la biblioteca - que usted, que solía tener tan buena memoria, se haya olvidado de este pájaro cantor. Porque si a mi no me falla, hace cuatro años usted sentenció en una causa Vallejo contra Luzati por tentativa de extorsión.
Él se echó a reír.
- ¿Y eso? - dijo -. Como si yo fuera a acordarme de todas las sentencias que dicto.
- Entonces tampoco recordará que en el treinta lo condenó por tráfico de drogas.
Me pareció que daba un brinco, que iba a pararse, pero se contuvo, porque era un viejo duro, y apenas se pasó una mano por la frente.
- En el treinta - murmuró -. Puede ser. Son muchos años. Pero usted quiere decir que no vino a robar sino a vengarse.
- Todavía no se lo quiero decir. Pero qué raro, doctor. Qué raro que este infeliz, que nunca asaltó a nadie, porque era una rata, un pobre diablo que hoy se puso la mejor ropa para venir a verlo a usted - alguien que vivía de la pequeña delación, del pequeño chantaje, del pequeño contrabando de drogas; alguien que si llevaba un arma encima era para darse coraje -, que ese tipo, de golpe, se convierta en asaltante y venga a asaltarlo a usted ...

Entonces él cambió de postura por primera vez, giró con el sillón, y me vio con el retrato entre las manos, ese retrato de una muchacha lejana, inocente y dulce, si no fuera por los ojos que eran los ojos oscuros y un poco fanáticos del juez, esa cara que sonreía desde lejos aunque estaba destrozada de un tiro certero, porque el vencido amor y la sombra del odio que le sigue tienen una infalible puntería.
Le devolví el retrato, le dije Guardeló. Esto no tiene por qué figurar aquí y me senté en cualquier parte sin pedirle permiso, pero no porque le hubiera perdido el respeto, sino porque necesitaba pensar y hacerme cargo y estar solo. Pensar, por ejemplo, en esa cara que yo había visto dos años antes en una comisaría de Mar del Plata, esa cara devastada, ya no inocente, repetida en la foto de un prontuario donde decía simplemente Alicia Reynal, toxicómana, etc. Pero cuando pasó un rato muy largo, lo único que se me ocurrió decirle fue:
- ¿Hace mucho que no la ve?
- Mucho - dijo, y ya no habló más, y se quedó mirando algo que no estaba.
Entonces volví a pensar, y ahí debió ser cuando descubrí que ya no servía para comisario. Porque estaba viendo todo, y no quería verlo. Estaba viendo cómo El Alcahuete había conocido a aquella mujer, y hasta le había vendido marihuana o lo que sea, y de golpe, figúrese usted, había averiguado quién era. Estaba viendo con qué facilidad se le ocurrió extorsionar al padre, que era un hombre inmaculado, un pilar de la sociedad, y de paso cobrarse las dos temporadas que estuvo en Olmos. Estaba viendo cómo el viejo lo esperó con el escenario listo, el tiro que él mismo disparó - un petardo más en esa noche de petardos - contra la biblioteca y contra aquel fantasma del retrato. Estaba viendo el 32 descargado sobre el escritorio, para que Luzati lo manoteara a último momento y hasta apretara el gatillo cuando el viejo le apuntó. Y lo fácil que fue después abrir el tambor y volver a cargarlo, sin sacarlo de las manos del muerto, que era donde debía estar.
Estaba viendo todo, pero si pasaba un rato más ya no iba a ver nada, porque no quería ver nada. Aunque al fin me paré y le dije:
- No sé lo que va a hacer usted, doctor, pero he estado pensando en lo difícil que es ser un comisario y lo difícil que es ser un juez. Usted dice que este hombre quiso asaltarlo y que usted lo madrugó. Todo el mundo le va a creer y, yo mismo, si mañana lo leo en el diario, es capaz que lo creo. Al fin y al cabo, es mejor que ande suelto un asesino, y no una ruedita de la compasión.
Era inútil. Ya no me escuchaba. Al salir me agaché por segunda vez junto al Alcahuete y, de un bolsillo del impermeable, saqué la pistola de pequeño calibre que sabía que iba a encontrar allí y me la guardé. Todavía la tengo. Habría parecido raro, un muerto con dos armas encima".
El comisario bostezó y miró su reloj. Le esperaban a almorzar.
- ¿Y el juez? - pregunté.
- "Lo absolvieron. Quince días después renunció, y al año se murió de una de esas enfermedades que tienen los viejos".

Jaque mate en dos jugadas, de Isaac Aizemberg

Yo lo envenené. En dos horas quedaba liberado. Dejé a mi tío Néstor a las veintidós. Lo hice con alegría. Me ardían las mejillas. Me quemaban los labios. Luego me serené y eché a caminar tranquilamente por la avenida en dirección al puerto.
Me sentía contento. Liberado. Hasta Guillermo resultaba socio beneficiario en el asunto. ¡Pobre Guillermo! ¡Tan tímido, tan mojigato! Era evidente que yo debía pensar y obrar por ambos. Siempre sucedió así. Desde el día en que nuestro tío nos llevó a su casa. Nos encontramos perdidos en su palacio. Era un lugar seco, sin amor. Únicamente el sonido metálico de las monedas.
-Tenéis que acostumbraros al ahorro, a no malgastar. ¡Al fin y al cabo, algún día será vuestro!- bramaba. Y nos acostumbramos a esperarlo.
Pero ese famoso y deseado día se postergaba, pese a que tío sufría del corazón. Y si de pequeños nos tiranizó, cuando crecimos colmó la medida.
Guillermo se enamoró un buen día. A nuestro tío no le agradó la muchacha. No era lo que ambicionaba para su sobrino.
-Le falta cuna..., le falta roce..., ¡puaf! Es una ordinaria –sentenció.
Inútil fue que Guillermo se prodigara en encontrarle méritos. El viejo era terco y caprichoso.
Conmigo tenía otra suerte de problemas. Era un carácter contra otro. Se empeñó en doctorarme en bioquímica. ¿Resultado? Un perito en póquer y en carreras de caballos. Mi tío para esos vicios no me daba ni un centavo. Debí exprimir la inventiva para birlarle algún peso.
Uno de los recursos era aguantarle sus interminables partidas de ajedrez; entonces cedía cuando le aventajaba para darle ínfulas, pero él, en cambio, cuando estaba en posición favorable alargaba el final, anotando las jugadas con displicencia, sabiendo de mi prisa por disparar al club, Gozaba con mi infortunio saboreando su coñac.
Un día me dijo con aire de perdonavidas:
-Observo que te aplicas en el ajedrez. Eso me demuestra dos cosas: que eres inteligente y un perfecto holgazán. Sin embargo, tu dedicación tendrá su premio. Soy justo. Pero eso sí, a falta de diplomas, de hoy en adelante tendré de ti bonitas anotaciones de las partidas. Sí, muchacho, llevaremos sendas libretas con las jugadas para cotejarlas. ¿Qué te parece?
Aquello podría resultar un par de cientos de pesos, y acepté. Desde entonces, todas las noches, la estadística. Estaba tan arraigada la manía en él, que en mi ausencia comentaba las partidas con Julio, el mayordomo.
Ahora todo había concluido. Cuando uno se encuentra en un callejón sin salida, el cerebro trabaja, busca, rebusca, escarba. Y encuentra. Siempre hay salida para todo. No siempre es buena. Pero es salida.
Llegaba a la Costanera. Era una noche húmeda. En el cielo nublado, alguna chispa eléctrica. El calorcillo mojaba las manos, resecaba la boca.
En la esquina, un policía me encabritó el corazón.
El veneno, ¿cómo se llamaba? Aconitina. Varias gotitas en el coñac mientras conversábamos. Mi tío esa noche estaba encantador. Me perdonó la partida.
Haré un solitario –dijo-. Despaché a los sirvientes... ¡Hum! Quiero estar tranquilo. Después leeré un buen libro. Algo que los jóvenes no entienden... Puedes irte.
-Gracias, tío. Hoy realmente es... sábado.
-Comprendo.
¡Demonios! El hombre comprendía. La clarividencia del condenado.
El veneno surtía un efecto lento, a la hora, o más, según el sujeto. Hasta seis u ocho horas. Justamente durante el sueño. El resultado: la apariencia de un pacífico ataque cardíaco, sin huellas comprometedoras. Lo que yo necesitaba. ¿Y quién sospecharía? El doctor Vega no tendría inconveniente en suscribir el certificado de defunción. No en balde era el médico de cabecera. ¿Y si me descubrían? Imposible. Nadie me había visto entrar en el gabinete de química. Había comenzado con general beneplácito a asistir a la Facultad desde varios meses atrás, con ese deliberado propósito. De verificarse el veneno faltante, jamás lo asociarían con la muerte de Néstor Alvarez, fallecido de un sincope cardíaco. ¡Encontrar unos miligramos de veneno en setenta y cinco kilos, imposible!
Pero, ¿y Guillermo? Sí. Guillermo era un problema, Lo hallé en el hall después de preparar la “encomienda” para el infierno. Descendía la escalera, preocupado.
-¿Qué te pasa? –le pregunté jovial, y le hubiera agregado de mil amores: “¡Si supieras, hombre!”.
-¡Estoy harto!– me replicó.
-¡Vamos!– le palmoteé la espalda- Siempre está dispuesto a la tragedia...
-Es que el viejo me enloquece. Últimamente, desde que volviste a la Facultad y le llevas la corriente con el ajedrez, se la toma conmigo. Y Matilde...
-¿Qué sucede con Matilde?
-Matilde me lanzó un ultimátum: o ella, o tío.
-Opta por ella. Es fácil elegir. Es lo que yo haría...
-¿Y lo otro?
-Me miró desesperado. Con brillo demoníaco en las pupilas; pero el pobre tonto jamás buscaría el medio de resolver su problema.
-Yo lo haría –siguió entre dientes-; pero, ¿con qué viviríamos? Ya sabes como es el viejo... Duro, implacable. ¡Me cortaría los víveres!
-Tal vez las cosas se arreglen de otra manera... –insinué bromeando- ¡Quién te dice!
-¡Bah!... –sus labios se curvaron con una mueca amarga- No hay escapatoria. Pero yo hablaré con el viejo sátiro. ¿Dónde está ahora?
Me asusté. Si el veneno resultaba rápido... Al notar los primeros síntomas podría ser auxiliado y...
-Está en la biblioteca –exclamé-; pero déjalo en paz. Acaba de jugar la partida de ajedrez, y despachó a la servidumbre. ¡El lobo quiere estar solo en la madriguera! Consuélate en un cine o en un bar.
Se encogió de hombros.
-El lobo en la madriguera... –repitió. Pensó unos segundos y agregó, aliviado-: Lo veré en otro momento. Después de todo...
-Después de todo, no te animarías, ¿verdad? –gruñí salvajemente.
Me clavó la mirada. Por un momento centelleó, pero fue un relámpago.
Miré el reloj: las once y diez de la noche.
Ya comenzaría a surtir efecto. Primero un leve malestar, nada más. Después un dolorcillo agudo, pero nunca demasiado alarmante. Mi tío refunfuñaba una maldición para la cocinera. El pescado indigesto. ¡Que poca cosa es todo! Debía de estar leyendo los diarios de la noche, los últimos. Y después, el libro, como gran epílogo. Sentía frío.
Las baldosas se estiraban en rombos. El río era una mancha sucia cerca del paredón. A lo lejos luces verdes, rojas, blancas. Los automóviles se deslizaban chapoteando en el asfalto.
Decidí regresar, por temor a llamar la atención. Nuevamente por la avenida hasta Leandro N. Alem. Por allí a Plaza de Mayo. El reloj me volvió a la realidad. Las once y treinta y seis. Si el veneno era eficaz, ya estaría todo listo. Ya sería dueño de millones. Ya sería libre... ya sería asesino.
Por primera vez pensé en el adjetivo substantivándolo. Yo, sujeto, ¡asesino! Las rodillas me flaquearon. Un rubor me azotó el cuello, subió a las mejillas, me quemó las orejas, martilló mis sienes. Las manos transpiraban. El frasquito de aconitina en el bolsillo llegó a pesarme una tonelada. Busqué en los bolsillos rabiosamente hasta dar con él. Era un insignificante cuenta gotas y contenía la muerte; lo arrojé lejos.
Avenida de Mayo. Choqué con varios transeúntes. Pensarían en un beodo. Pero en lugar de alcohol, sangre.
Yo, asesino. Esto sería un secreto entre mi tío Néstor y mi conciencia. Un escozor dentro, punzante. Recordé la descripción del tratadista: “En la lengua, sensación de hormigueo y embotamiento, que se inicia en el punto de contacto para extenderse a toda la lengua, a la cara y a todo el cuerpo”.
Entré en un bar. Un tocadiscos atronaba con un viejo rag-time. Un recuerdo que se despierta, vive un instante y muere como una falena. “En el esófago y en el estómago, sensación de ardor intenso”. Millones. Billetes de mil, de quinientos, de cien. Póquer. Carreras. Viajes... “Sensación de angustia, de muerte próxima, enfriamiento profundo generalizado, trastornos sensoriales, debilidad muscular, contracturas, impotencia de los músculos”.
Habría quedado solo. En el palacio. Con sus escaleras de mármol. Frente al tablero de ajedrez. Allí el rey, y la dama, y la torre negra. Jaque mate.
El mozo se aproximó. Debió sorprender mi mueca de extravío, mis músculos en tensión, listos para saltar.
-¿Señor?
-Un coñac...
-Un coñac... –repitió el mozo-. Bien, señor –y se alejó.
Por la vidriera la caravana que pasa, la misma de siempre. El tictac del reloj cubría todos los rumores. Hasta los de mi corazón. La una. Bebí el coñac de un trago.
“Como fenómeno circulatorio, hay alteración del pulso e hipertensión que se derivan de la acción sobre el órgano central, llegando, en su estado más avanzado, al síncope cardíaco...” Eso es. El síncope cardíaco. La válvula de escape.
A las dos y treinta de la mañana regresé a casa. Al principio no lo advertí. Hasta que me cerró el paso. Era un agente de policía. Me asusté.
-¿El señor Claudio Álvarez?
-Sí, señor... –respondí humildemente.
-Pase usted... –indicó, franqueándome la entrada.
-¿Qué hace usted aquí? –me animé a farfullar.
-Dentro tendrá la explicación –fue la respuesta, seca, torpona.
En el hall, cerca de la escalera, varios individuos de uniforme se habían adueñado del palacio. ¿Guillermo? Guillermo no estaba presente.
Julio, el mayordomo, amarillo, espectral, trató de hablarme. Uno de los uniformados, canoso, adusto, el jefe del grupo por lo visto, le selló los labios con un gesto. Avanzó hacia mí, y me inspeccionó como a un cobayo.
-Usted es el mayor de los sobrinos, ¿verdad?
-Sí, señor... –murmuré.
-Lamento decírselo, señor. Su tío ha muerto... asesinado –anunció mi interlocutor. La voz era calma, grave-. Yo soy el inspector Villegas, y estoy a cargo de la investigación. ¿Quiere acompañarme a la otra sala?
-¡Dios mío! –articulé anonadado-. ¡Es inaudito!
Las palabras sonaron a huecas, a hipócritas. (¡Ese dichoso veneno dejaba huellas! ¿Pero cómo...cómo?).
-¿Puedo... puedo verlo? –pregunté
-Por el momento, no. Además, quiero que me conteste algunas preguntas.
-Como usted disponga... –accedí azorado.
-Lo seguí a la biblioteca vecina. Tras él se deslizaron suavemente dos acólitos. El inspector Villegas me indicó un sillón y se sentó en otro. Encendió con parsimonia un cigarrillo y con evidente grosería no me ofreció ninguno.
-Usted es el sobrino... Claudio –Pareció que repetía una lección aprendida de memoria.
-Sí, señor.
-Pues bien: explíquenos que hizo esta noche.
Yo también repetí una letanía.
-Cenamos los tres, juntos como siempre. Guillermo se retiró a su habitación. Quedamos mi tío y yo charlando un rato; pasamos a la biblioteca. Después jugamos nuestra habitual partida de ajedrez; me despedí de mi tío y salí. En el vestíbulo me topé con Guillermo que descendía por las escaleras rumbo a la calle. Cambiamos unas palabras y me fui.
-Y ahora regresa...
-Sí...
-¿Y los criados?
-Mi tío deseaba quedarse solo. Los despachó después de cenar. A veces le acometían esas y otras manías.
-Lo que usted manifiesta concuerda en gran parte con la declaración del mayordomo. Cuando éste regresó, hizo un recorrido por el edificio. Notó la puerta de la biblioteca entornada y luz adentro. Entró. Allí halló a su tío frente a un tablero de ajedrez, muerto. La partida interrumpida... De manera que jugaron la partidita, ¿eh?
Algo dentro de mí comenzó a botar como una pelota contra las paredes del frontón. Una sensación de zozobra, de angustia, me recorría con la velocidad de un buscapiés. En cualquier momento estallaría la pólvora. ¡Los consabidos solitarios de mi tío!
-Sí, señor... –admití.
No podía desdecirme. Eso también se lo había dicho a Guillermo. Y probablemente Guillermo al inspector Villegas. Porque mi hermano debía estar en alguna parte. El sistema de la policía: aislarnos, dejarnos solos, inertes, indefensos, para pillarnos.
-Tengo entendido que ustedes llevaban un registro de las jugadas. Para establecer los detalles en su orden, ¿quiere mostrarme su libreta de apuntes, señor Álvarez?
Me hundía en el cieno.
-¿Apuntes?
Sí, hombre –el policía era implacable-, deseo verla, como es de imaginar. Debo verificarlo todo, amigo; lo dicho y lo hecho por usted. Si jugaron como siempre...
Comencé a tartamudear.
-Es que... –Y después de un tirón-: ¡Claro que jugamos como siempre!
Las lágrimas comenzaron a quemarme los ojos. Miedo. Un miedo espantoso. Como debió sentirlo tío Néstor cuando aquella “sensación de angustia... de muerte próxima..., enfriamiento profundo, generalizado... Algo me taladraba el cráneo. Me empujaban. El silencio era absoluto, pétreo. Los otros también estaban callados. Dos ojos, seis ojos, ocho ojos, mil ojos. ¡Oh, que angustia!
Me tenían... me tenían... Jugaban con mi desesperación... Se divertían con mi culpa...
De pronto el inspector gruñó:
-¿Y?
Una sola letra, ¡pero tanto!
-¿Y?– repitió- Usted fue el último que lo vio con vida. Y además, muerto. El señor Álvarez no hizo anotación alguna esta vez, señor mío.
No sé por qué me puse de pie. Tieso. Elevé mis brazos, los estiré. Me estrujé las manos, clavándome las uñas, y al final chillé con voz que no era la mía:
-¡Basta! Si lo saben, ¿para qué lo preguntan? ¡Yo lo maté! ¡Yo lo maté! ¿Y qué hay? ¡Lo odiaba con toda mi alma! ¡Estaba cansado de su despotismo! ¡Lo maté! ¡Lo maté!
El inspector no lo tomó tan a la tremenda.
-¡Cielos!– dijo -Se produjo más pronto de lo que yo esperaba. Ya que se le soltó la lengua, ¿dónde está el revolver?
-¿Qué revolver?
El inspector Villegas no se inmutó. Respondió imperturbable.
-¡Vamos, no se haga el tonto ahora! ¡El revólver! ¿O ha olvidado que lo liquidó de un tiro? ¡Un tiro en la mitad del frontal, compañero! ¡Qué puntería!

Orden jerárquico, de Eduardo Goligorsky

A Carlos y María Elena

Abáscal lo perdió de vista, sorpresivamente, entre las sombras de la calle solitaria. Ya era casi de madrugada, y unos jirones de niebla espesa se adherían a los portales oscuros. Sin embargo, no se inquietó. A él, a Abáscal, nunca se le había escapado nadie. Ese infeliz no sería el primero. Correcto. El Cholo reapareció en la esquina, allí donde las corrientes de aire hacían danzar remolinos de bruma. Lo alumbraba el cono de luz amarillenta de un farol.
El Cholo caminaba excesivamente erguido, tieso, con la rigidez artificial de los borrachos que tratan de disimular su condición. Y no hacía ningún esfuerzo por ocultarse. Se sentía seguro.
Abáscal había empezado a seguirlo a las ocho de la noche. Lo vio bajar, primero, al sórdido subsuelo de la Galería Güemes, de cuyas entrañas brotaba una música gangosa. Los carteles multicolores prome¬tían un espectáculo estimulante, y desgranaban los apodos exóticos de las coristas. Él también debió sumergirse, por fuerza, en la penumbra cómplice, para asistir a un monótono desfile de hembras aburridas. Las carnes fláccidas, ajadas, que los reflectores acribillaban sin piedad, bastaban, a juicio de Abáscal, para sofocar cualquier atisbo de excita¬ción. Por si eso fuera poco, un tufo en el que se mezclaban el sudor, la mugre y la felpa apolillada, impregnaba al aire rancio, adhiriéndose a la piel y las ropas.
Se preguntó qué atractivo podía encontrar el Cholo en ese lugar. Y la respuesta surgió, implacable, en el preciso momento en que terminaba de formularse el interrogante.
El Cholo se encuadraba en otra categoría humana, cuyos gustos y placeres él jamás lograría entender. Vivía en una pensión de Retiro, un conventillo, mejor dicho, compartiendo una píeza minúscula con varios comprovincianos recién llegados a la ciudad. Vestía miserablemente, íncluso cuando tenía los bolsillos bien forrados: camisa deshilachada, saco y pantalón andrajosos, mocasines trajinados y cortajeados. Era, apenas, un cuchillero sin ambiciones, o con una imagen ridícula de la ambición. Útil en su hora, pero peligroso, por lo que sabía, desde el instante en que había ejecutado su último trabajo, en una emergencia, cuando todos los expertos de confianza y responsables, como él, como Abáscal, se hallaban fuera del país. Porque últimamente las operaciones se realizaban, cada vez más, en escala internacional, y los viajes estaban a la orden del día.
Recurrir al Cholo había sido, de todos modos, una imprudencia. Con plata en el bolsillo, ese atorrante no sabía ser discreto. Abáscal lo había seguido del teatrito subterráneo a un piringundín de la 25 de Mayo, y después a otro, y a otro, y lo vio tomar todas las porquerías que le sirvieron, y manosear a las coperas, y darse importancia hablando de lo que nadie debía hablar. No mencionó nombres, afortunadamente, ni se refirió a los hechos concretos, identificables, porque si lo hubiera hecho, Abáscal, que lo vigilaba con el oído atento, desde el taburete vecino, habría tenido que rematarlo ahí nomás, a la vista de todos, con la temeridad de un principiante.
No era sensato arriesgar así una organización que tanto había costado montar, amenazando, de paso, la doble vida que él, Abáscal, un verdadero técnico, siempre había protegido con tanto celo. Es que él estaba en otra cosa, se movía en otros ambientes. Sus modelos, aquellos cuyos refinamientos procuraba copiar, los había encontrado en las recepciones de las embajadas, en los grandes casinos, en los salones de los ministerios, en las convenciones empresarias. Cuidaba, sobre todo, las aparien¬cias: ropa bien cortada, restaurantes escogidos, starlets trepadoras, licores finos, autos deportivos, vuelos en cabinas de primera clase. Por ejemplo, ya llevaba encima, mientras se deslizaba por la calle de Retiro, siguiendo al Cholo, el pasaje que lo transportaría, pocas horas más tarde, a Caracas. Lejos del cadáver del Cholo y de las suspicacias que su eliminación podría generar en algunos círculos.
En eso, el Doctor había sido terminante. Matar y esfumarse. El número del vuelo, estampado en el pasaje, ponía un límite estricto a su margen de maniobra. Lástima que el Doctor, tan exigente con él, hubiera cometido el error garrafal de contratar, en ausencia de los auténticos profesionales, a un rata como el Cholo. Ahora, como de costumbre, él tenía que jugarse el pellejo para sacarles las castañas del fuego a los demás. Aunque eso también iba a cambiar, algún día. Él apuntaba alto, muy alto, en la organización.
Abáscal deslizó la mano por la abertura del saco, en dirección al correaje que le ceñía el hombro y la axila. Al hacerlo rozó, sin querer, el cuadernillo de los pasajes. Sonrió. Luego, sus dedos encontraron las cachas estriadas de la Luger, las acariciaron, casi sensualmente, y se cerraron con fuerza, apretando la culata.
El orden jerárquico también se manifestaba en las armas. Él había visto, hacía mucho tiempo, la herramienta predilecta del Cholo. Un puñal de fabricación casera, cuya hoja se había encogido tras infinitos contac¬tos con la piedra de afilar. Dos sunchos apretaban el mango de madera, incipientemente resquebrajado y pulido por el manipuleo. Por supuesto, al Cholo había usado ese cuchillo en el último trabajo, dejando un sello peculiar, inconfundible. Otra razón para romper allí, en el eslabón más débil, la cadena que trepaba hasta cúpulas innombrables.
En cambio, la pistola de Abáscal llevaba impresa, sobre el acero azul, la nobleza de su linaje. Cuando la desarmaba, y cuando la aceitaba, prolijamente, pieza por pieza, se complacía en fantasear sobre la perso¬nalidad de sus anteriores propietarios. ¿Un gallardo "junker" prusiano, que había preferido dispararse un tiro en la sien antes que admitir la derrota en un suburbio de Leningrado? ¿O un lugarteniente del mariscal Rommel, muerto en las tórridas arenas de El Alamein? Él había comprado la Luger, justamente, en un zoco de Tánger donde los mercachifles remataban su botín de cascos de acero, cruces gamadas y otros trofeos arrebatados a la inmensidad del desierto.
Eso sí, la Luger tampoco colmaba sus ambiciones. Conocía la existen¬cia de una artillería más perfeccionada, más mortífera, cuyo manejo estaba reservado a otras instancias del orden jerárquico, hasta el punto de haberse convertido en una especie de símbolo de status. A medida que él ascendiera, como sin duda iba a ascender, también tendría acceso a ese arsenal legendario, patrimonio exclusivo de los poderosos.
Curiosamente, el orden jerárquico tenía, para Abáscal, otra cara. No se trataba sólo de la forma de matar, sino, paralelamente, de la forma de morir. Lo espantaba la posibilidad de que un arma improvisada, bastarda, como la del Cholo, le hurgara las tripas. A la vez, el chicotazo de la Luger enaltecería al Cholo, pero tampoco sería suficiente para él, para Abáscal, cuando llegara a su apogeo. La regla del juego estaba cantada y él, fatalista por convicción, la aceptaba: no iba a morir en la cama. Lo único que pedía era que, cuando le tocara el tumo, sus verdugos no fueran chapuceros y supiesen elegir instrumentos nobles.
La brusca detención de su presa, en la bocacalle siguiente, le cortó el hilo de los pensamientos. Probablemente el instinto del Cholo, afinado en los montes de Orán y en las emboscadas de un Buenos Aires traicionero, le había advertido algo. Unas pisadas demasiado persisten¬tes en la calle despoblada. Una vibración intrusa en la atmósfera. La conciencia del peligro acechante lo había ayudado a despejar la borra¬chera y giró en redondo, agazapándose. El cuchillo tajeó la bruma, haciendo firuletes, súbitamente convertido en la prolongación natural de la mano que lo empuñaba.
Abáscal terminó de desenfundar la Luger. Disparó desde una distan¬cia segura, una sola vez, y la bala perforó un orificio de bordes nítidos en la frente del Cholo.
Misión cumplida.
El tableteo de las máquinas de escribir llegaba vagamente a la oficina, venciendo la barrera de aislación acústica. Por el ventanal panorámico se divisaba un horizonte de hormigón y, más lejos, donde las moles dejaban algunos resquicios, asomaban las parcelas leonadas del Río de la Plata. El smog formaba un colchón sobre la ciudad y las aguas.
El Doctor tomó, en primer lugar, el cable fechado en Caracas que su secretaria acababa de depositar sobre el escritorio, junto a la foto de una mujer rubia, de facciones finas, aristocráticas, flanqueada, en un jardín, por dos criaturas igualmente rubias. Conocía, de antemano, el texto del cable: "Firmamos contrato". No podía ser de otra manera. La organiza¬ción funcionaba como una maquinaria bien sincronizada. En eso residía la clave del éxito.
"Firmamos contrato", leyó, efectivamente. O sea que alguien -no importaba quién- había cercenado el último cabo suelto, producto de una operación desgraciada.
Primero había sido necesario recurrir al Cholo, un malevito margi¬nado, venal, que no ofrecía ninguna garantía para el futuro. Después, lógicamente, había sido indispensable silenciar al Cholo. Y ahora el círculo acababa de cerrarse. "Firmamos contrato" significaba que Abáscal había sido recibido en el aeropuerto de Caracas, en la escalerilla misma del avión, por un proyectil de un rifle Browning calibre 30, equipado con mira telescópica Leupold M8-100. Un fusil, se dijo el Doctor, que Abáscal habría respetado y admirado, en razón de su proverbial entusias¬mo por el orden jerárquico de las armas. La liquidación en el aeropuerto, con ese rifle y no otro, era, en verdad, el método favorito de la filial Caracas, tradicionalmente partidaria de ganar tiempo y evitar sobresaltos inútiles.
Una pérdida sensible, reflexionó el Doctor, dejando caer el cable sobre el escritorio. Abáscal siempre había sido muy eficiente, pero su intervención, obligada, en ese caso, lo había condenado irremisiblemen¬te. La orden recibida de arriba había sido inapelable: no dejar rastros, ni nexos delatores. Aunque, desde luego, resultaba imposible extirpar todos, absolutamente todos, los nexos. Él, el Doctor, era, en última instancia, otro de ellos.
A continuación, el Doctor recogió el voluminoso sobre de papel manila que su secretaria le había entregado junto con el cable. El matasellos era de Nueva York, el membrete era el de la firma que servía de fachada a la organización. Habitualmente, la llegada de uno de esos sobres marcaba el comienzo de otra operación. El código para descifrar las instrucciones descansaba en el fondo de su caja fuerte.
El Doctor metió la punta del cortapapeles debajo de la solapa del sobre. La hoja se deslizó hasta tropezar, brevemente, con un obstáculo. La inercia determinó que siguiera avanzando. El Doctor comprendió que para descifrar el mensaje no necesitaría ayuda. Y le sorprendió descubrir que en ese trance no pensaba en su mujer y sus hijos, sino en Abáscal y en su culto por el orden jerárquico de las armas. Luego, la carga explosiva, activada por el tirón del cortapapeles sobre el hilo del detonador, transformó todo ese piso del edificio en un campo de escombros.

Tiempo de puñales, de Norberto Firpo


No hacía calor. Era apenas el hálito de un verano en acecho. Era la tarde del 12 de noviembre de 1953 y Sergio Kuperman había salido del hotel llevando en el bolsillo de su chaqueta un telegrama que hasta entonces había guardado entre sus cartas y recortes de periódicos. Estaba fechado en Salta el 12 de noviembre de 1951, es decir, exactamente dos años atrás. Decía tan solo esto: "Tu hermano Sebastián ha muerto" ,y firmaba un compañero de Sebastián a quien él conocía.
Lo leyó otra vez y sonrió porque se le había ocurrido una magnífica idea. Cuidadosamente rompió un extremo del pape l- apenas lo necesa¬rio y de forma que pareciese accidental - para hacer desaparecer la constancia del año y que sólo se leyera "12 de noviembre de...".
Después anduvo un rato por el pueblo, un nostálgico pueblo de llanura, blanquecino y polvoriento aferrado como un viejo maniático a sus dolores tradicionales. El circo había llegado e instalado su carpa no muy lejos de ese esbelto edificio de cinco plantas, rodeado de frondoso parque, que era el hotel. ¡Cinco pisos! Era un edificio de dos cuerpos, algo realmente insólito en aquel escenario de adobes chatos, transitado de paisanos somnolientos y de gallinas y caballos flacos a medio calcinar.
Sergio Kuperman llegó al hotel a la hora de la cena. Compartía su cuarto del tercer piso con Leonardo Trauves, el trapecista, a quien encontró frente al espejo, luciendo ya sus mejores galas porque esa noche una residencia de las afueras le ofrecían una fiesta a los componentes de la troupe.
- ¿Todavía así? ¿Cuándo te vestís? Debemos bajar a comer y...
- Ya mismo, ya mismo. Ocupáte de apurar a Ludmila, mientras. Trauves dio los toques finales a su moño.
- Voy para allá.
Y apenas lo hubo dejado solo, Sergio Kuperman hurgó en las valijas hasta dar con un tubo de somníferos, cuyo contenido reemplazó por dos analgésicos vulgares. Luego colocó el tubo en un compartimiento de la mesita de luz que mediaba entre las dos camas. Se vistió apresuradamen¬te y bajó.
Justamente debajo de su cuarto, en el segundo piso, se hospedaba Ludmila Pavlova, la ecuyère , una bonita muchacha de cabellos rubios y sonrisa fresca, grácil como una espiga y tan leve que a más de uno le pareció la materialización del candor. En las funciones irrumpía en la arena luciendo una ajustada malla de lentejuelas multicolores, montando garbosamente un bien alimentado pony rojo. Además de poner en funcionamiento el ventrículo becqueriano del corazón de los hombres, Ludmila cumplía otra función (aunque no ya tan artística): era la amante de Eric Reagan.
Sergio Kuperman sabía que ella no concurriría a la fiesta de esa noche, precisamente porque el viejo Eric le había prohibido ir. Pero igualmente se mostró sorprendido cuando entró en la habitación de Ludmila, que terminaba de arreglarse, y Trauves le adelantó:
- ¿Sabés que ella no viene?
Le fue fácil llegarse hasta el radiador de la calefacción y abrir al máximo la llave que permitía el acceso de calor.
- No, no iré. Estoy muy cansada.
De paso comprobó satisfecho que estaban todas las ventanas cerradas. Cenaron. Sergio Kuperman se levantó antes que los demás y se dirigió al hall de entrada. Con toda naturalidad simuló extraer cierta correspon¬dencia de su casillero, simuló leerla y, cuando advirtió que alguien se acercaba, hizo de cuentas que una gran aflicción acababa de aplastarlo. Trauves y Cordeiro, el tramoyista, no tardaron en participar de su abatimiento. Su angustia era tan evidente que muy pronto se convirtió en el eje de la rueda de la solidaridad y no del todo resignado soportó apretones de manos, palmoteos y frases de consuelo.
- Sebastián... ¡Pobre hermano!
En realidad, la seguridad de que todos, absolutamente todos, ignora¬ban que la muerte de su hermano había ocurrido dos años atrás, dio a Sergio Kuperman fuerzas suficientes para llevar adelante su tragedia. Por un momento tuvo una visión: se vio en un gran escenario, envuelto en sedas negras, calavera en la diestra y el rostro empolvado, declaman¬do "That is the question...".
El viejo Eric, interesado y hermético como era, ni siquiera se distrajo , un minuto en amables falsedades.
- Vaya a dormir, Sergio - le dijo -. Mañana haremos función especial y es necesario que usted se encuentre perfectamente. Su hermano ha muerto. Es un hecho consumado. En cambio la función es mañana y debe salir bien...
Sergio Kuperman se excusó ante sus amigos y les pidió encarecidamente que no perdieran la fiesta por él. Hubo vacilaciones, murmullos, tironcitos de conciencia, que cómo lo iban a dejar solo, pero finalmente ¡; y como era de esperar todos se fueron, excepto Cordeiro, que lo acompañó hasta su habitación, y Ludmila y Eric Reagan, que se pusieron jugar a los naipes, como todas las noches, antes de irse a dormir.
Ni bien llegó a su cuarto Sergio Kuperman se echó sobre la cama y le pidió a Cordeiro que le alcanzara el tubo de sedantes.
- No abuses...
- Los necesito para dormir.
Le trajo un vaso de agua y Kuperman ingirió los dos analgésicos. -¿Dos? - insistió el amigo -. Con uno tenías asegurado un sueño de diez horas...
Cuando el tramoyista se fue y Sergio Kuperman volvió a quedar solo, fresco y más despierto que nunca, repasó calmosamente los detalles de su plan. Y algo más: del insondable archivo de su mente extrajo el recuerdo de su amor por Ludmila. Sí, en efecto, no era ése el momento indicado para historiar un tonto romance, una cosa terminada para siempre, pero no podía olvidar que arrullos, caricias y las promesas dieron origen a un seguro recíproco ajustado a una cláusula más seduc¬tora que Ludmila misma: cualquiera de los dos que muriese daba ocasión al sobreviviente a alzarse con una pequeña fortuna. Como él se encargó siempre de pagar las cuotas, ella se olvidó muy pronto de su existencia. Preguntó, sí, por él alguna vez, pero Sergio Kuperman eludió la respuesta y ella sin duda imaginó que la póliza había perdido vigencia.
Sonrió maliciosamente. A través de la ventana observó que era una noche espléndida, serena. Pensó con alegría que las puertas de las habitaciones, que daban al pasadizo, no podían ser abiertas del lado de afuera, que se necesitaba llave para ella y que Trauves, que tenía una, no volvería en menos de tres horas.
Entonces abrió su ventana y se deslizó al exterior. La sombra lo tragó inmediatamente. El hotel estaba casi desierto y todo el silencio del universo se aplastaba contra la tierra como si quisiera poseerla y fecundarla de soledad.
El 12 de noviembre de 1951, bajo una vieja lona de circo, murió el hermano mayor de Sergio Kuperman. Estaba componiendo los aparejos de un trapecio, a veinte metros de altura, cuando perdió pie y cayó al vacío. Fue a golpear exactamente sobre la cama de púas en que solía ejercitarse el faquir, aunque - dicho sea en honor a la verdad- hubiera muerto lo mismo de haber caído sobre la arena de la pista.
El hecho ocurrió en horas de la mañana y sin que nadie pudiera presenciarlo. Quienes lo descubrieron encontraron su cuerpo mortal¬mente lacerado por los clavos y encima suyo, en lo alto, un trapecio falseado balanceándose suavemente.
Sebastián había sido para Sergio un amigo y un maestro, y lo lloró en aquellos días en que realmente recibió el telegrama del compañero. Pero en los dos años transcurridos, Sergio Kuperman había ingresado también él a una troupe y había aprendido a aceptar como un azar lógico el perder pie en un momento cualquiera y provocar, por fin, el gozo del público.
Ahora ya no sentía escrúpulos y se había aprovechado de aquel telegrama que guardara celosamente entre recortes de diarios, porque era el punto de arranque de una sutil combinación que esa noche culmina¬ría... A fe de Sergio Kuperman, esa noche él cometería un crimen perfecto.
Aferrándose a las salientes de la construcción descendió hasta el piso mediato. El cuarto de Ludmila. A través de la ventana escrutó la sombra interior y comprobó que no había nadie. Ella estaría todavía jugando a los naipes, una partida tras otra, aburriéndose más y más, porque ése era parte del premio que se le exigía para lucir las lentejuelas y figurar en las carteleras y disponer de unos pocos pesos.
Del costado de la ventana arrancaba un cable de acero que atravesaba el vacío entre uno y otro block del edificio. Un tenso cable de acero... Sergio Kuperman, el equilibrista, debería realizar el mismo número de todos los días, sólo que esta vez esperaba que fuera sin público. Cruzó lentamente, llegó al otro extremo y se detuvo sobre la otra cornisa. De nuevo echó un vistazo a la ventana que tenía enfrente (ella tardaría en llegar, el viejo Eric le daría un beso paternal y se iría) y a la de arriba, la suya, un nido negrísimo al que pronto regresaría. Por debajo se extendía el solitario jardín.
A Sergio Kuperman se le ocurrió que todo cuanto lo rodeaba - el jardín, las paredes blancas, la noche, un silencio tachonado de grillos - part¬icipaba de su expectación, se aliaba en su favor con los nervios duros y corazón redoblante. Perpetrar un crimen era nomás una extraordinaria¬ aventura.
Ludmila apareció de golpe. Encendió la luz y Eric Reagan la besó en frente, y de inmediato se fue. Sergio Kuperman se puso los guantes. Ella cerró la puerta, dio dos pasos, algo la sorprendió. Un contratiempo: vaciló un instante y luego, resueltamente, corrió al calefactor y cerró la llave.
¡Ese endemoniado calor! Ludmila Pavlova había nacido y se había criado al pie de los Alpes transilvanos, entre la nieve, y tanto la había curtido el jadeo helado de la estepa que ahora aborrecía el calorcillo sofocante que irradiaban esas máquinas.... Ludmila sorprendía a sus compañeros durmiendo con las ventanas abiertas aun en las noches más destempladas del invierno. No, por más que se burlaran no soportaba el calor.
Abismo por medio, Sergio Kuperman había tomado todas las provi¬dencias. En su mano centelleaba ya un acero. Contuvo la respiración: Ludmila caminaba hacia la ventana - que se abría por dentro; una de esas hojas deslizables, como las del tren, que sólo pueden ser accionadas desde el interior-, un par de metros que a él le parecieron kilómetros.
Cuando ella abrió por fin la ventana y se dispuso a inhalar la primera bocanada de aire fresco, un puñal, diestramente lanzado, hendió el espacio y fue a herirla en el cuello. ("En la garganta -había pensado Sergio Kuperman-, para impedir que grite".)
Ludmila cayó de bruces y simultáneamente se cerró la ventana, ya que el impacto no le había dado tiempo a asegurarla a los soportes. Profunda calma. Antes de volver a atravesar el hueco, Sergio Kuperman constató que nadie había presenciado el espectáculo de su crimen. Se detuvo unos segundos en la ventana de su víctima, lo suficiente para comprobar que yacía muerta y que todo había salido bien. Se encaramó a su habitación y entonces sí, cumplida la faena, tomó un somnífero y se echó en la cama.
Todo había salido bien, en efecto, y la suerte le había sonreído. Tembló por su audacia cuando pensó que alguien hubiera podido verlo desde otras ventanas y dar la voz de alarma; que pudo haber caído al vacío, sobre todo porque en la sombra apenas veía el cable que debía pisar; que cabía la posibilidad de que no acertara con el lanzamiento del cuchillo (habilidad que ignoraban en el circo y para la que se había estado adiestrando secretamente), y, en fin, que la muchacha pudo no haberse conducido tal como lo hizo y como él lo había calculado.
Lo que no hizo Sergio Kuperman antes de caer dormido fue analizar si Ludmila merecía tal fin. Aunque él creía que los merecimientos humanos son algo tan superfluo que no valía la pena tener en cuenta. Mejor era no ocuparse de ellos sino para gastar bromas o para establecer el grado de disociación con la justicia que debería regir al hombre, vía Dios.
A la mañana siguiente el hotel se llenó de señores de impermeable que se paseaban por los pasillos y el jardín y miraban por el rabillo del ojo, como si en la telaraña del techo o en las colillas dispersas por doquier o detrás del cortinado estuviese la clave del enigma. La policía se veía apurada frente a un crimen inteligentemente urdido, a uno de esos crímenes que casi no suceden en la realidad y que uno sólo puede ver en el cine o leer en las revistas especializadas, pero no enalteciendo las columnas rojas de los periódicos.
¡El crimen perfecto! Mientras Sergio Kuperman deslizaba los guantes de látex entre los trapos que utilizaba el lanzador de cuchillos, lamentó la mezquina gloria a que podía aspirar un intelectual como él. Se sentía un poco artista, un poco escultor o poeta, puesto que entregaba su obra al arbitraje de un público ávido de crónicas horrendas. Un crimen perfecto despierta admiración después de todo, y esta idea lo deleitó íntimamente. Un placer hormigueante lo enardeció en secreto y lo estimuló cuando, esa misma tarde, debió comparecer ante el comisario Baliari.

Baliari era un tipo plácido, como el paisaje. Estaba identificado con el villorrio y con la llanura; era un hombre solariego y tenía cara de haberse levantado recién de una larga siesta. Sin embargo era un policía astuto. Le había dicho a un oficial que llamase a ese Kuperman y eso significaba que había pescado una punta de la madeja y que pronto llegaría a la otra.
-¿Me buscaba?
Allí lo tenía ahora frente suyo. Ése era. Lo estudió un rato untes de abrir la boca.
- Sí - contestó después -. Quería hablar con usted por lo de Ludmila Pavlova.
-A sus órdenes.
- Le agradezco... Explíqueme entonces cómo lo hizo.
Sergio Kuperman tuvo un escalofrío.
- No sé de qué me habla - exclamó, tratando de aparentar otro tipo de sorpresa.
- Los demás estaban lejos de aquí, en la fiesta.
Baliari se mostraba cruelmente parsimonioso.
- No todos, no todos... Además eso no significa...
- No puede ser sino usted. He hablado con algunas personas... Con el dueño del circo, con Leonardo Trauves, con un hombrecillo llamado Cibernelli... ¿Lo conoce?
- Es el lanzador de cuchillos.
El comisario esbozó una sonrisa imperceptible.
- Le falta un dedo en la mano derecha, ¿no es cierto?
Sergio Kuperman asintió con la cabeza. El comisario encendió un cigarrillo y se entretuvo observando las volutas de humo. Kuperman estaba convencido, pese a todo, de que ningún detalle se le había escapado, que nadie lo había visto y que lo único que intentaba el policía era sondearlo para dar con una pista definitiva.
- Si usted deja de representar la farsa de la sospecha - dijo, más tranquilizado - yo podré ayudarlo y colaborar con esos señores de pipa que van y vienen por el hotel, sin conseguir otra cosa que tropezar entre sí.
- Sucede, señor Kuperman - Baliari se repantigó en su sillón de cuero y adoptó un patriarcal aire de filósofo -, sucede a veces que entre dos acontecimientos que no guardan una relación recíproca, la providen¬cia tiende una línea de contacto, y que hechos dispares, inconexos, separados por tiempo y distancia, se ven de pronto mancomunados por una especie de fatalismo. Quizá no me entienda, señor Kuperman...
-No, no lo entiendo.
-Naturalmente. Antes quizá sea conveniente aclararle cuáles son los motivos por los cuales me inclino a creer en su culpabilidad.
Sergio Kuperman se preguntó ahora si el comisario estaría tratando de hacerle perder la cabeza. Lo único que temía era que sus maneras calmas consiguieran exacerbarlo. En el mismo tono el comisario continuó:
- Me enteré del fallecimiento de su hermano - dijo, sin mover casi los labios- y que usted recibió un telegrama con tan mala noticia.
-Así es.
- Pero eso sucedió realmente hace un par de años. Me he informado en el correo, esta mañana, y allí nada saben respecto de ese mensaje. Es muy raro, ¿no le parece? -Kuperman no pudo evitar un estremecimien¬to -. Además, con seguridad habrá perdido el formulario que mostró ayer a sus compañeros.
- Sí, lo he extraviado.
- Claro.., -Bailari aspiró de nuevo su cigarrillo. La expresión de su rostro se alteró súbitamente-. Le valdría más confesar que su hermano ha muerto exactamente el 12 de noviembre de 1951. Abreviaríamos mucho, señor Kuperman.
El comisario supo que frente a él había un hombre acorralado que posiblemente mereciera algunas satisfacciones. Explicó:
- Hace algunas semanas, casualmente, Ludmila manifestó a Eric Reagan que aprovechando un viaje a la ciudad había concurrido a cierta compañía de seguros, y que allí le informaron (para su sorpresa) que los pagos de su póliza se hallaban al día. Por supuesto, esto no prueba nada... Como tampoco que acabamos de hallar en el carromato de Cibernelli un guante de látex correspondiente a la mano derecha y que, sin duda alguna, ha sido utilizado recientemente por alguien a quien no le falta el dedo anular.
Sergio Kuperman, que había empalidecido un rato antes, frunció el ceño.
-¿Cómo lo sabe?
- Porque los guantes de látex del señor Cibernelli, mano derecha, conservan el talco en el hueco correspondiente al dedo que él ha perdido. Es un detalle, claro...
Baliari fabricó una pausa aplastando la colilla del cigarrillo en el cenicero; una pausa que Kuperman aprovechó como el comisario espe¬raba: dándose por vencido.
- Ahora cuéntenos cómo lo ha hecho... En verdad, no tengo dudas que fue usted, pero no acierto a comprender de qué manera lo ha logrado. Un crimen en habitación cerrada es algo que no se ve todos los días...
- Dígame antes cómo dio tan fácilmente conmigo - masculló Kuperman.
La mofletuda cara del comisario por poco se tiñe de rubor.
- Oh, bueno... La muerte de su hermano era una buena excusa para llevar adelante su plan. Una buena coartada, es cierto. Pero usted ignoró que la policía no podía olvidar que aquello sucedió en 1951. Imposible olvidarlo por una circunstancia muy especial: porque su hermano fue asesinado.
Sergio Kuperman pegó un brinco y se echó casi sobre la displicente humanidad del comisario. El escribiente y el cabo de guardia levantaron la vista.
-¿Asesinado? ¿Ha dicho...?
- Sí, eso he dicho. Y usted comprenderá que la policía debió mante¬nerlo en secreto por una simple razón de principios. Su hermano Sebastián cayó sobre un lecho de púas, en efecto, pero no por mero accidente, como se dijo, sino porque fue herido mientras arreglaba un trapecio, a veinte metros de altura. La pericia pudo determinar que entre las múltiples heridas que le produjeron los clavos, había una de características totalmente distintas. Puede suponerse que fue apuñalado allá arriba y que por lo tanto estuviera muerto antes de estrellarse. El arma criminal desapareció, como era de esperar.
El comisario se puso de pie y se paseó por el salón. Sergio Kuperman, que pensaba en su hermano (su amigo y su maestro), hundido en su asiento, tenía toda la apariencia de un hombre abatido.
- Por eso le hablaba de las líneas de contacto y del fatalismo que encierran ciertos hechos. En este caso, dos crímenes sin relación aparen¬te, que esconden la clave de un enigma que, para serle franco, soy incapaz de desentrañar. ¿Cómo lo hizo, señor Kuperman?
Pero el hombre abatido pensaba en su hermano... Y hasta se diría que un atisbo de redención relampagueaba en sus ojos. Cuando habló, luego de un rato, su voz tenía la cadencia de un lamento.
- Dígame por lo menos quién lo mató...
El comisario Baliari interrumpió su paseo, también él preocupado.
- Se lo diría con mucho gusto - exclamó -, pero lamentablemente creo que ése sí ha sido un crimen perfecto.

La aventura de los tres estudiantes, de Sir Arthur Conan Doyle


En el año 95, una sucesión de acontecimientos sobre los que no es preciso entrar en detalles nos llevó a Sherlock Holmes y a mí a pasar unas semanas en una de nuestras grandes ciudades universitarias, y durante este tiempo nos aconteció la pequeña pero instructiva aventura que me dispongo a relatar. Como fácilmente se comprende, todo detalle que pudiera ayudar al lector a identificar con exactitud la universidad o al criminal, resultaría improcedente y ofensivo. Lo mejor que se puede hacer con un escándalo tan penoso es que caiga en el olvido. Sin embargo, con la debida discreción, se puede referir el incidente en sí, ya que permite poner de manifiesto algunas de las cualidades que dieron fama a mi amigo. Así pues, procuraré evitar en mi narración la mención de detalles que pudieran servir para localizar los hechos en un lugar concreto o dar indicios sobré la identidad de las personas implicadas.

Residíamos por entonces en unas habitaciones amuebladas, cerca de una biblioteca en la que Sherlock Holmes estaba realizando laboriosas investigaciones sobre documentos legales de la antigua Inglaterra...., investigaciones que condujeron a resultados tan sorprendentes que bien pudieran servir de tema de una de mis futuras narraciones. Allí recibimos una tarde la visita de un conocido, el señor Hilton Soames, profesor y tutor del colegio universitario de San Lucas. El señor Soames era un hombre alto y enjuto, de temperamento nervioso y excitable. Yo siempre había sabido que se trataba de una persona inquieta, pero en esta ocasión se encontraba en tal estado de agitación incontrolable que resultaba evidente que había ocurrido algo muy anormal.

-Confío, señor Holmes, en que pueda usted dedicarme unas horas de su valioso tiempo. Nos ha ocurrido un incidente muy lamentable en San Lucas v, la verdad, de no ser por la feliz coincidencia de que se encuentre usted en la ciudad, no habría sabido qué hacer.

-Ahora mismo estoy muy ocupado y no quiero distracciones -respondió mi amigo-. Preferiría, con mucho, que solicitara usted la ayuda de la policía.

-No, no, amigo mío; bajo ningún concepto podemos hacer eso. Una vez que se recurre a la ley, ya no es posible detener su marcha, y se trata de uno de esos casos en los que, por el prestigio del colegio, resulta esencial evitar el escándalo. Usted es tan conocido por su discreción como por sus facultades, y es el único hombre del mundo que puede ayudarme. Le ruego, señor Holmes, que haga lo que pueda.

El carácter de mi amigo no había mejorado al verse privado de sus acogedores aposentos de Baker Street. Sin sus cuadernos de notas, sus productos químicos y su confortable desorden se sentía incómodo. Se encogió de hombros con un gesto de forzada aceptación, mientras nuestro visitante exponía su historia con frases precipitadas y toda clase de nerviosas gesticulaciones.

-Tengo que explicarle, señor Holmes, que mañana es el primer día de exámenes para la beca Fortescue. Yo soy uno de los examinadores. Mi asignatura es el griego, y la primera prueba consiste en traducir un largo fragmento de texto en griego, que el candidato no ha visto antes. Este texto está impreso en el papel de examen y, como es natural, el candidato que pudiera prepararlo por anticipado contaría con una inmensa ventaja. Por esta razón, ponemos mucho cuidado en mantener en secreto el ejercicio.

»Hoy, a eso de las tres, llegaron de la imprenta las pruebas de este examen. El ejercicio consiste en traducir medio capítulo de Tucídides [1]. Tuve que leerlo con atención, ya que el texto debe ser absolutamente correcto. A las cuatro y media todavía no había terminado. Sin embargo, había prometido tomar el té en la habitación de un amigo, así que dejé las pruebas en mi despacho. Estuve ausente más de una hora. Como sabrá usted, señor Holmes, las habitaciones de nuestro colegio tienen puertas dobles: una forrada de bayeta verde por dentro y otra de roble macizo por fuera. Al acercarme a la puerta exterior de mi despacho vi con asombro una llave en la cerradura. Por un instante pensé que había dejado olvidada allí mi propia llave, pero al palpar en mi bolsillo comprobé que estaba en su sitio. Que yo sepa, la única copia que existía era la de mi criado, Bannister, un hombre que lleva diez años encargándose de mi cuarto y cuya honradez está por encima de toda sospecha. En efecto, comprobé que se trataba de su llave, que había entrado en mi habitación para preguntarme si quería té, y que al salir se había dejado olvidada la llave en la cerradura. Debió de llegar a mi cuarto muy poco después de salir yo de él. Su descuido con la llave no habría tenido la menor importancia en otra ocasión cualquiera, pero en este día concreto ha tenido unas consecuencias de lo más deplorables.

[1] Tucídides (460-400 a.C.), célebre historiador griego, autor de la Historia de la Guerra del Peloponeso, un texto muy conocido por los estudiantes de griego. En realidad, el estudiante tramposo no tenía necesidad de copiar el texto del examen; le habría bastado con tomar algunas referencias que le permitieran identificar el fragmento, para luego localizarlo en el libro.

»En cuanto miré al escritorio, me di cuenta de que alguien había estado revolviendo mis papeles. Las pruebas venían en tres largas tiras de papel. Yo las había dejado juntas, y ahora una estaba tirada en el suelo, otra en una mesita cerca de la ventana y la tercera seguía donde yo la había dejado.

Holmes dio muestras de interés por primera vez.

-La primera página del texto, en el suelo; la segunda, en la ventana; y la tercera, donde usted la dejó -dijo.

-Exacto, señor Holmes. Me asombra usted. ¿Cómo es posible que sepa eso?

-Por favor, continúe con su interesantísima exposición.

-Por un momento pensé que Bannister se había tomado la imperdonable libertad de examinar mis papeles. Sin embargo, él lo negó de la manera más terminante, y estoy convencido de que decía la verdad. La otra posibilidad es que alguien, al pasar, advirtiera la llave en la puerta y, sabiendo que yo no estaba, hubiera entrado para mirar los papeles. Está en juego una considerable suma de dinero, ya que la beca es muy elevada, y una persona sin escrúpulos podría muy bien correr un riesgo para obtener una ventaja sobre sus compañeros.

»A Bannister le afectó mucho el incidente. Estuvo a punto de desmayarse cuando comprobamos, sin ningún género de dudas, que alguien había estado enredando con los papeles. Le di un poco de brandy y lo dejé desplomado en un sillón mientras yo inspeccionaba con más detenimiento la habitación. No tardé en descubrir que el intruso había dejado otras huellas de su presencia, además de los papeles revueltos. En la mesa de la ventana había varias virutas de un lápiz al que habían sacado

punta. También encontré un trozo de mina rota. Evidentemente, el muy granuja había copiado el texto a toda prisa se le había roto la mina del lápiz y se había visto obligado a sacarle punta de nuevo.

-¡Excelente! -exclamó Holmes, que empezaba a recuperar su buen humor a medida que el caso iba captando su atención-. Ha tenido usted mucha suerte.

-Eso no es todo. Tengo un escritorio nuevo, con una superficie perfecta, de cuero rojo. Estoy dispuesto a jurar, y Bannister también, que estaba impecable y sin ninguna mancha. Y ahora me encuentro que tiene un corte limpio de unas tres pulgadas de largo[2], no un simple arañazo, sino un corte con todas las de la de ley. Y no sólo eso: también encontré en la mesa una bolita de masilla o arcilla negra, con motitas que parecen de serrín. Estoy convencido de que todos esos rastros los dejó el hombre que estuvo husmeando en los papeles. No encontramos huellas de pisadas ni ningún otro indicio sobre su identidad. Yo ya no sabía qué hacer, cuando de pronto me acordé de que usted estaba en la ciudad, y he venido de inmediato a poner el asunto en sus manos. ¡Ayúdeme, señor Holmes! Dése usted cuenta de mi problema: o descubro quién ha sido o tendremos que aplazar el examen hasta que preparemos nuevos ejercicios, y como esto no se puede hacer sin dar explicaciones, nos veremos envueltos en un desagradable escándalo, que arrojará una mancha no sólo sobre el colegio, sino sobre la universidad entera. Por encima de todo, es preciso solucionar este asunto callada y discretamente.

[2] Siete centímetros y medio.

-Tendré mucho gusto en echarle un vistazo y ofrecerle los consejos que pueda -dijo Holmes, levántándose y poniéndose el abrigo-. Este caso no carece por completo de interés. ¿Fue alguien a visitarle a su habitación después de que recibiera usted los exámenes?

-Sí, el joven Daulat Ras, un estudiante indio que vive en la misma escalera, vino a preguntarme algunos detalles acerca del examen.

-¿Se presenta él al examen? -Sí.

-¿Y los papeles estaban encima de su mesa?

-Estoy casi seguro de que estaban enrollados.

-¿Pero se notaba que eran pruebas de imprenta?

-Es posible.

-¿No había nadie más en su habitación?

-No.

-¿Sabía alguien que las pruebas estaban allí?

-Nadie más que el impresor.

-¿Lo sabía ese tal Bannister?

-No, seguro que no. No lo sabía nadie.

-¿Dónde está Bannister ahora?

-El pobre hombre está muy enfermo. Lo dejé tirado en un sillón, porque tenía mucha urgencia por venir a verle a usted.

-¿Ha dejado la puerta abierta?

-Antes guardé las pruebas bajo llave.

-Entonces, señor Soames, la cosa se reduce a eso: a menos que el estudiante indio se diera cuenta de que aquel rollo eran las pruebas del examen, el hombre que estuvo husmeando las encontró por casualidad, sin saber que estaban allí.

-Eso me parece a mí.

Holmes exhibió una sonrisa enigmática.

-Bien -dijo-. Vayamos a ver. Este caso no es para usted, Watson; es mental, no físico. De acuerdo, si se empeña puede venir. Señor Soames, estamos a su disposición.

-El cuarto de estar de nuestro cliente tenía una ventana larga y baja con celosía, que daba al patio del antiguo colegio, con sus viejas paredes cubiertas de líquenes. Una puerta gótica daba acceso a una gastada escalera de piedra. La habitación del profesor se encontraba en la planta baja. Encima residían tres estudiantes, uno en cada piso. Estaba casi anocheciendo cuando llegamos a la escena del misterio. Holmes se detuvo y observó con interés la ventana. Se acercó a ella y, poniéndose de puntillas y estirando el cuello, miró al interior de la habitación.

-Tiene que haber entrado por la puerta. Por aquí no hay más abertura que la de un panel de cristal -dijo nuestro erudito guía.

-Vaya por Dios -dijo Holmes, mirando a nuestro acompañante con una curiosa sonrisa-. Bien, pues si aquí no podemos averiguar nada, más vale que entremos.

El profesor abrió la puerta exterior y nos invitó a pasar a su habitación. Nos quedamos en el umbral mientras Holmes examinaba la alfombra.

-Me temo que aquí no hay huellas -dijo-. Ya sería difícil que las hubiera con un día tan seco. Parece que su sirviente se ha recuperado. Ha dicho usted que lo dejó en un sillón. ¿En cuál?

-En éste que está junto a la ventana.

-Ya veo. Cerca de esta mesita. Ya pueden entrar, he terminado con la alfombra. Veamos primero la mesa pequeña. Desde luego, está muy claro lo que ha ocurrido. El tipo entró y cogió los papeles, hoja por hoja, de la mesa del centro. Los trajo a esta mesa, junto a la ventana, porque desde aquí podía ver si se acercaba usted por el patio, y tendría tiempo de escapar.

-Pues, en realidad, no podía verme -dijo Soames-, porque entré por la puerta lateral.

-¡Ah! ¡Eso está muy bien! De todos modos, eso es lo que él pensaba. Déjeme ver las tres tiras de papel. No hay huellas de dedos, no señor. Vamos a ver, cogió primero ésta y la copió.

¿Cuánto tiempo pudo tardar en hacerlo, utilizando todas las abreviaturas posibles? Como mínimo, un cuarto de hora. Una vez copiada, la tiró al suelo y cogió la segunda tira. Debía de ir por la mitad cuando usted regresó y él tuvo que retirarse a toda prisa..., con muchísima prisa, puesto que no tuvo tiempo de colocar los papeles en su sitio, para que usted no advirtiera que aquí había estado alguien. ¿No oyó usted pasos precipitados por la escalera al entrar?

-Pues la verdad es que no.

-Bien. Escribió con tal frenesí que se le rompió la mina del lápiz y, como usted ya había observado, tuvo que sacarle punta. Esto es interesante, Watson. El lápiz era de marca, de tamaño más o menos normal, con mina blanda; azul por fuera, con el nombre del fabricante en letras de plata, y la parte que queda no tendrá más que una pulgada y media de longitud. Busque ese lápiz, señor Soames, y tendrá a su hombre. Como pista adicional, le diré que posee una navaja grande y muy poco afilada.

El señor Soames quedó algo abrumado por esta avalancha de información.

-Todo lo demás lo entiendo -dijo-, pero, la verdad, ese detalle de la longitud...

Holmes esgrimió una pequeña viruta con las letras NN y un espacio en blanco detrás.

-¿Lo ve?

-No, me temo que ni aun así...

-Watson, he sido siempre injusto con usted. Hay otros iguales. ¿Qué podrían significar estas NN? Están al final de una palabra. Como todo el mundo sabe, Johann Faber es el fabricante de lápices más conocido. ¿No resulta evidente que lo que queda del lápiz es sólo lo que viene detrás de « Johann»? -inclinó la mesita de lado para que le diera la luz eléctrica y continuó-: Confiaba en que hubiera utilizado un papel lo bastante fino como para que quedara alguna marca en esta superficie pulida. Pero no, no veo nada. No creo que saquemos nada más de aquí. Veamos ahora la mesa del centro. Supongo que este pegote es la masilla negra que usted mencionó. De forma más o menos

piramidal y ahuecada, por lo que veo. Como bien dijo usted, parece haber granitos de serrín incrustados. Vaya, vaya, esto es muy interesante. Y el corte..., un buen tajo, sí señor. Empieza con un fino rasguño y acaba en un auténtico desgarrón. Señor Soames, estoy en deuda con usted por haber dirigido mi atención hacia este caso. ¿Adónde da esa puerta?

-A mi alcoba

-¿Ha entrado usted ahí después del suceso?

-No, fui directamente a buscarle a usted.

-Me gustaría echar un vistazo. ¡Qué bonita habitación al estilo antiguo! ¿Le importaría aguardar un momento mientras examino el suelo? No, no veo nada. ¿Qué es esa cortina? Ah, cuelga usted su ropa detrás. Si alguien se viera obligado a esconderse en esta habitación, tendría que hacerlo aquí, porque la cama es demasiado baja y el armario tiene muy poco fondo. Supongo que no habrá nadie aquí...

Cuando Holmes descorrió la cortina pude advertir, por una cierta rigidez y actitud de alerta en su postura, que estaba en guardia contra cualquier emergencia. Pero lo cierto es que detrás de la cortina no se ocultaban más que tres o cuatro trajes, colgados de una hilera de perchas. Holmes se dio la vuelta _v, de pronto, se agachó hacia el suelo.

-¡Caramba! ¿Qué es esto?

Se trataba de una pequeña pirámide, hecha con una especie de masilla negra, exactamente igual a la que había sobre la mesa del despacho. Holmes la sostuvo en la palma de la mano y la acercó a la luz eléctrica.

-Parece que su visitante ha dejado rastros en su alcoba, y no sólo en su cuarto de estar, señor Soames.

-¿Qué podía buscar aquí?

-Creo que está muy claro. Usted regresó por un camino inesperado y él no se percató de su llegada hasta que usted estaba va en la misma puerta. ¿Qué podía hacer? Recogió todo lo que pudiera delatarle y corrió a esconderse en el dormitorio.

-¡Cielo santo, señor Holmes! No me diga que todo el tiempo que estuve aquí hablando con Bannister tuvimos atrapado a ese individuo, sin nosotros saberlo.

-Así lo veo yo.

-Tiene que existir otra alternativa, señor Holmes. No sé si se ha fijado usted en la ventana de mi alcoba.

-Con celosía, junquillos de plomo, tres paneles separados,

uno de ellos con bisagras para abrirlo y lo bastante grande para que pase un hombre.

-Exacto. Y da a un rincón del patio, de manera que queda casi invisible. El tipo pudo haber entrado por aquí, dejó ese rastro al cruzar el dormitorio y después, al encontrar la puerta abierta, escapó por ella.

-Seamos prácticos -dijo-. Me pareció entender que hay tres estudiantes que utilizan esta escalera y pasan habitualmente por delante de su puerta.

-En efecto.

-¿Y lo tres se presentan a este examen?

-Sí.

-¿Tiene usted razones para sospechar de alguno de ellos más que de los otros?

Soames vaciló.

-Se trata de una pregunta muy delicada. No me gusta difundir sospechas cuando no existen pruebas.

-Oigamos las sospechas. Ya buscaré yo las pruebas. -En tal caso, le explicaré en pocas palabras el carácter de los tres hombres que residen en esas habitaciones. En la primera planta está Gilchrist, muy buen estudiante y atleta; juega en el equipo de rugby y en el de cricket del colegio, y representó a la universidad en vallas y salto de longitud. Un joven agradable y varonil. Su padre era el famoso sir Jabez Gilchrist, que se arruinó en las carreras. Mi alumno quedó en la pobreza, pero es muy aplicado y trabajador y saldrá adelante.

»En la segunda planta vive Daulat Ras, el indio. Un tipo callado e inescrutable, como la mayoría de los indios. Lleva muy bien sus estudios, aunque el griego es su punto débil. Es serio y metódico.

»El piso alto corresponde a Miles McLaren. Un tipo brillante cuando le da por trabajar..., uno de los mejores cerebros de la universidad; pero es inconstante, disoluto y carece de principios. En su primer año estuvo a punto de ser expulsado por un escándalo de cartas. Se ha pasado todo el curso holgazaneando y no debe sentirse muy tranquilo ante este examen.

-En otras palabras, usted sospecha de él.

-No me atrevería a decir tanto. Pero, de los tres, sería quizás el menos improbable.

-Exacto. Y ahora, señor Soames, veamos cómo es su sirviente, Bannister.

Bannister resultó ser un hombrecillo de unos cincuenta años, pálido, bien afeitado y de cabellos grises. Todavía no se había recuperado de aquella brusca perturbación de la tranquila rutina de su vida. Sus fofas facciones temblaban con espasmos nerviosos y sus dedos no podían estarse quietos.

-Estamos investigando este lamentable incidente, Bannister -dijo el profesor.

-Sí, señor.

-Tengo entendido -dijo Holmes- que dejó usted su llave olvidada en la cerradura.

-Sí, señor.

-¿No es muy extraño que le ocurra eso precisamente el día en que estaban aquí esos papeles?

-Ha sido una gran desgracia, señor. Pero ya me ha ocurrido alguna otra vez.

-¿A qué hora entró usted en la habitación?

-A eso de las cuatro y media. La hora del té del señor Soames.

-¿Cuánto tiempo estuvo dentro?

-Al ver que él no estaba, salí inmediatamente.

-¿Miró usted los papeles de encima de la mesa?

-No, señor, le aseguro que no.

-¿Cómo pudo dejarse la llave en la puerta?

-Llevaba en las manos la bandeja del té, y pensé volver luego a recoger la llave. Pero se me olvidó.

-¿La puerta de fuera tiene picaporte?

-No, señor.

-¿De manera que permaneció abierta todo el tiempo?

-Sí, señor.

-Cuando regresó el señor Soames y le llamó, ¿se alteró usted mucho?

-Sí, señor. En todos los años que llevo aquí, que son muchos, nunca había sucedido una cosa así. Estuve a punto de desmayarme, señor.

-Eso tengo entendido. ¿Dónde estaba usted cuando empezó a sentirse mal?

-¿Que dónde estaba? Pues aquí mismo, cerca de la puerta.

-Es muy curioso, porque fue a sentarse en aquel sillón que hay junto al rincón. ¿Por qué no se sentó en cualquiera de estas otras sillas?

-No lo sé, señor. Ni me fijé en dónde me sentaba.

-No creo que se fijara en nada, señor Holmes -dijo Soames-. Tenía muy mal aspecto..., completamente cadavérico.

-¿Se quedó usted aquí cuando se marchó el profesor?

-Nada más que un minuto o cosa así. Luego cerré la puerta con llave y me fui a mi habitación.

-¿De quién sospecha usted?

-Ay señor, no sabría decirle. No creo que haya en esta universidad un caballero capaz de hacer algo así para obtener ventaja. No, señor, no lo creo.

-Gracias. Con eso basta -dijo Holmes-. Ah, sí, una cosa más. ¿No le habrá usted dicho a ninguno de los tres caballeros que usted atiende que algo va mal, verdad?

-No, señor; ni una palabra.

-¿Ha visto a alguno de ellos? -No, señor.

-Muy bien. Y ahora, señor Soames, si le parece bien, daremos un paseo por el patio.

Tres cuadrados de luz amarilla brillaban sobre nosotros en medio de la creciente oscuridad.

-Sus tres pájaros están todos en sus nidos -dijo Holmes, mirando hacia arriba- ¡Vaya! ¿Qué es eso? Uno de ellos parece bastante inquieto.

Se trataba del indio, cuya oscura silueta había aparecido de pronto a través de los visillos, dando rápidas zancadas de un lado a otro de la habitación.

-Me gustaría echarles un vistazo en sus habitaciones -dijo Holmes-. ¿Sería posible?

-Sin ningún problema -respondió Soames-. Este conjunto de habitaciones es el más antiguo del colegio, y no es raro que vengan visitantes a verlas. Acompáñenme y yo mismo les serviré de guía.

-Nada de nombres, por favor -dijo Holmes mientras llamábamos a la puerta de Gilchrist.

La abrió un joven alto, delgado y de cabello pajizo, que nos dio la bienvenida al enterarse de nuestros propósitos. La habitación contenía algunos detalles verdaderamente curiosos de arquitectura doméstica medieval. Holmes quedó tan encantado que se empeñó en dibujarlo en su cuaderno de notas; durante la operación, se le rompió la mina del lápiz, tuvo que pedir uno prestado a nuestro joven anfitrión y, por último, le pidió prestada una navaja para sacarle punta a su lápiz. El mismo curioso incidente le volvió a ocurrir en las habitaciones del indio, un individuo pequeño y callado, con nariz aguileña, que nos miraba de reojo y no disimuló su alegría cuando Holmes dio por terminados sus estudios arquitectónicos. En ninguno de los dos casos me pareció que Holmes hubiera encontrado la pista que andaba buscando. En cuanto a nuestra tercera visita, quedó frustrada. La puerta exterior no se abrió a nuestras llamadas, y lo único positivo que nos llegó del otro lado fue un torrente de palabrotas.

-¡Me tiene sin cuidado quién sea! ¡Pueden irse al infierno! -rugió una voz iracunda-. ¡Mañana es el examen y no puedo perder el tiempo con nadie.

-¡Qué grosero! -dijo nuestro guía, rojo de indignación, mientras bajábamos por la escalera-. Naturalmente, no se daba cuenta de que era yo quien llamaba, pero aun así su conducta resulta impresentable y, dadas las circunstancias, bastante sospechosa.

La reacción de Holmes fue muy curiosa.

-¿Podría usted decirme la estatura exacta de este joven? -preguntó.

-La verdad, señor Holmes, no sabría qué decirle. Es más alto que el indio, aunque no tanto como Gilchrist. Supongo que alrededor de cinco pies y seis pulgadas [3].

[3] Aproximadamente, un metro setenta.

-Eso es muy importante -dijo Holmes-. Y ahora, señor Soames, le deseo a usted buenas noches.

Nuestro guía expresó a voces su sorpresa y desencanto.

-¡Santo cielo, señor Holmes! ¡No irá usted a dejarme así de repente! Me parece que no se da usted cuenta de la situación. El examen es mañana. Tengo que tomar alguna medida concreta esta misma noche. No puedo permitir que se celebre el examen si uno de los ejercicios está amañado. Hay que afrontar la situación.

-Tiene que dejar las cosas como están. Mañana me pasaré por aquí a primera hora de la mañana y hablaremos del asunto. Es posible que para entonces me encuentre en condiciones de sugerirle alguna línea de actuación. Mientras tanto, no cambie usted nada; absolutamente nada.

-Muy bien, señor Holmes.

-Y quédese tranquilo. No le quepa duda de que encontraremos la manera de solucionar sus dificultades. Me voy a llevar la masilla negra, y también las virutas de lápiz. Adiós.

Cuando volvimos a salir a la oscuridad del patio miramos de nuevo las ventanas. El indio seguía dando paseos por la habitación. Los otros dos estaban invisibles.

-Bien, Watson, ¿qué le parece? -preguntó Holmes en cuanto salimos a la calle-. Es como un juego de salón, algo así como el truco de las tres cartas, ¿no cree? Ahí tiene usted a sus tres hombres. Tiene que ser uno de ellos. Elija. ¿Por cuál se decide?

-El individuo mal hablado del último piso. Es el que tiene el peor historial. Sin embargo, ese indio también parece un buen pájaro. ¿Por qué estará dando vueltas por el cuarto sin parar?

-Eso no quiere decir nada. Muchas personas lo hacen cuando están intentando aprenderse algo de memoria.

-Nos miraba de una manera muy rara.

-Lo mismo haría usted si le cayese encima una manada de desconocidos cuando estuviera preparando un examen para el día siguiente y no pudiera perder ni un minuto. No, eso no me dice nada. Además, los lápices y las cuchillas..., todo estaba como es debido. El que sí me intriga es ese individuo...

-¿Quién?

-Hombre, pues Bannister, el sirviente. ¿Qué pinta él en este asunto?

-A mí me dio la impresión de ser un hombre completamente honrado.

-A mí también, y eso es lo que me intriga. ¿Por qué iba un hombre completamente honrado a... Bueno, bueno, aquí tenemos una papelería importante. Comenzaremos aquí nuestras investigaciones.

En la ciudad sólo había cuatro papelerías de cierta importancia, y en cada una de ellas Holmes exhibió sus virutas de lápiz y ofreció un alto precio por un lápiz igual. En todas le dijeron que podían encargarlo, pero que se trataba de un tamaño poco corriente y casi nunca tenían existencias. El fracaso no pareció deprimir a mi amigo, que se encogió de hombros con una resignación casi divertida.

-No hay nada que hacer, querido Watson. Esta pista, que era la mejor y la más concluyente, no ha conducido a nada. Aunque, la verdad, estoy casi seguro de que, aun sin ella, podremos elaborar una explicación suficiente. ¡Por Júpiter! Querido amigo, son casi las nueve, y nuestra patrona dijo algo acerca de guisantes a las siete v media. Estoy viendo, Watson, que con esa manía de fumar constantemente y esa irregularidad en las comidas, van a acabar por pedirle que se largue, y yo compartiré su caída en desgracia..., aunque no antes de que haya resuelto el problema del profesor nervioso, el sirviente descuidado y los tres intrépidos estudiantes.

Holmes no volvió a hacer ningún comentario sobre el caso aquel día, aunque permaneció sentado y sumido en reflexiones durante mucho rato, después de nuestra retrasada cena. A las

ocho de la mañana siguiente entró en mi habitación cuando yo estaba terminando de asearme.

-Bien, Watson -dijo-. Es hora de ir a San Lucas. ¿Puede prescindir del desayuno?

-Desde luego.

-Soames estará hecho un manojo de nervios hasta que podamos decirle algo concreto.

-¿Y tiene usted algo concreto que decirle?

-Creo que sí.

-¿Ha llegado ya a alguna conclusión?

-Sí, querido Watson; he solucionado el misterio.

-Pero... ¿qué nuevas pistas ha podido encontrar?

-¡Ah! No en vano me he levantado de la cama a horas tan intempestivas como las seis de la mañana. He invertido dos horas de duro trabajo y he recorrido no menos de cinco millas, pero algo he sacado en limpio. ¡Fíjese en esto!

Extendió la mano, y en la palma tenía tres pequeñas pirámides de masilla negra.

-¡Caramba, Holmes, ayer sólo tenía dos!

-Y esta mañana he conseguido otra. No parece muy aventurado suponer que la fuente de origen del número tres sea la misma que la de los números uno y dos. ¿No cree, Watson? Bueno, pongámonos en marcha y libremos al amigo Soames de su tormento.

Efectivamente, el desdichado profesor se encontraba en un estado nervioso lamentable cuando llegamos a sus habitaciones. En unas pocas horas comenzarían los exámenes, y él todavía vacilaba entre dar a conocer los hechos o permitir que el culpable optase a la sustanciosa beca. Tan grande era su agitación mental que no podía quedarse quieto, y corrió hacia Holmes con las manos extendidas en un gesto de ansiedad.

-¡Gracias a Dios que ha venido! Llegué a temer que se hubiera desentendido del caso. ¿Qué hago? ¿Seguimos adelante con el examen?

-Sí, sí; siga adelante, desde luego.

-Pero... ¿y ese granuja?

-No se presentará.

-¿Sabe usted quién es?

-Creo que sí. Puesto que el asunto no se va a hacer público, tendremos que atribuirnos algunos poderes y decidir por nuestra cuenta, en un pequeño consejo de guerra privado. ¡Colóquese ahí, Soames, haga el favor! ¡Usted ahí, Watson! Yo ocuparé este sillón del centro. Bien, creo que ya parecemos lo bastante impresionantes como para infundir terror en un corazón culpable. ¡Haga el favor de tocar la campanilla!

Bannister acudió a la llamada y reculó con evidente sorpresa y temor ante nuestra pose judicial.

-Haga el favor de cerrar la puerta -dijo Holmes-. Y ahora, Bannister, ¿será tan amable de decirnos la verdad acerca del incidente de ayer?

El hombre se puso pálido hasta las raíces del pelo.

-Se lo he contado todo, señor.

-¿No tiene nada que añadir?

-Nada en absoluto, señor.

-En tal caso, tendré que hacerle unas cuantas sugerencias. Cuando se sentó ayer en ese sillón, ¿no lo haría para esconder algún objeto que habría podido revelar quién estuvo en la habitación?

La cara de Bannister parecía la de un cadáver.

-No, señor; desde luego que no.

-Era sólo una sugerencia -dijo Holmes en tono suave-. Reconozco francamente que no puedo demostrarlo. Pero parece bastante probable si consideramos que en cuanto el señor Soames volvió la espalda usted dejó salir al hombre que estaba escondido en esa alcoba.

Bannister se pasó la lengua por los labios resecos.

-No había ningún hombre.

-¡Qué pena, Bannister! Hasta ahora, podría ser que hubiera dicho la verdad, pero ahora me consta que ha mentido.

El rostro de Bannister adoptó una expresión de huraño desafío.

-No había ningún hombre, señor.

-Vamos, vamos, Bannister.

-No, señor; no había nadie.

-En tal caso, no puede usted proporcionarnos más información. ¿Quiere hacer el favor de quedarse en la habitación? Póngase ahí, junto a la puerta del dormitorio. Ahora, Soames, le voy a pedir que tenga la amabilidad de subir a la habitación del joven Gilchrist y le diga que baje aquí a la suya.

Un minuto después, el profesor regresaba, acompañado del estudiante. Era éste un hombre con una figura espléndida, alto, esbelto y ágil, de paso elástico y con un rostro atractivo y sincero. Sus preocupados ojos azules vagaron de uno a otro de nosotros, y por fin se posaron con una expresión de absoluto desaliento en Bannister, situado en el rincón más alejado.

-Cierre la puerta -dijo Holmes-. Y ahora, señor Gilchrist, estamos solos aquí, y no es preciso que nadie se entere de lo que ocurre entre nosotros, de manera que podemos hablar con absoluta franqueza. Queremos saber, señor Gilchrist, cómo es posible que usted, un hombre de honor, haya podido cometer una acción como la de ayer.

El desdichado joven retrocedió tambaleándose, y dirigió a Bannister una mirada llena de espanto y reproche.

-¡No, no, señor Gilchrist! ¡Yo no he dicho una palabra! ¡Ni una palabra, señor! -exclamó el sirviente.

-No, pero ahora sí que lo ha hecho -dijo Holmes-. Bien, caballero, se dará usted cuenta de que después de lo que ha dicho Bannister, su postura es insostenible, y que la única oportunidad que le queda es hacer una confesión sincera.

Por un momento, Gilchrist, con una mano levantada, trató de contener el temblor de sus facciones. Pero un instante después había caído de rodillas delante de la mesa y, con la cara oculta entre las manos, estallaba en una tempestad de angustiados sollozos.

-Vamos, vamos -dijo Holmes amablemente-. Errar es humano, y por lo menos nadie puede acusarle de ser un criminal empedernido. Puede que resulte menos violento para usted que yo le explique al señor Soames lo ocurrido, y usted puede corregirme si me equivoco. ¿Lo prefiere así? Está bien, está bien, no se moleste en contestar. Escuche, y comprobará que no soy injusto con usted.

»Señor Soames, desde el momento en que usted me dijo que nadie, ni siquiera Bannister, sabía que las pruebas estaban en su habitación, el caso empezó a cobrar forma concreta en mi mente. Por supuesto, podemos descartar al impresor, puesto que éste podía examinar los ejercicios en su propia oficina. Tampoco el indio me pareció sospechoso: si las pruebas estaban en un rollo, es poco probable que supiera de qué se trataba. Por otra parte, parecía demasiado coincidencia que alguien se atreviera a entrar en la habitación, de manera no premeditada, precisamente el día en que los exámenes estaban sobre la mesa. También eso quedaba descartado. El hombre que entró sabía que los exámenes estaban aquí. ¿Cómo lo sabía?

»Cuando vinimos por primera vez a su habitación, yo examiné la ventana por fuera. Me hizo gracia que usted supusiera que yo contemplaba la posibilidad de que alguien hubiera entrado por ahí, a plena luz del día y expuesto a las miradas de todos los que ocupan esas habitaciones de enfrente. Semejante idea era absurda. Lo que yo hacía era calcular lo alto que tenía que ser un hombre para ver desde fuera los papeles que había encima de la mesa. Yo mido seis pies y tuve que empinarme para verlos. Una persona más baja que yo no habría tenido la más mínima posibilidad. Como ve, ya desde ese momento tenía motivos para suponer que si uno de sus tres estudiantes era más alto de lo normal, ése era el que más convenía vigilar.

»Entré aquí y le hice a usted partícipe de la información que ofrecía la mesita lateral. La mesa del centro no me decía nada, hasta que usted, al describir a Gilchrist, mencionó que practicaba el salto de longitud. Entonces todo quedó claro al instante, y ya sólo necesitaba ciertas pruebas que lo confirmaran, y que no tardé en obtener.

»He aquí lo que sucedió: este joven se había pasado la tarde en las pistas de atletismo practicando el salto. Regresó trayendo las zapatillas de saltar, que, como usted sabe, llevan varios clavos en la suela. Al pasar por delante de la ventana vio, gracias a su elevada estatura, el rollo de pruebas encima de su mesa, y se imaginó de qué se trataba. No habría ocurrido nada malo de no ser porque, al pasar por delante de su puerta, advirtió la llave que el descuidado sirviente había dejado allí olvidada. Entonces se apoderó de él un repentino impulso de entrar y comprobar si, efectivamente, se trataba de las pruebas del examen. No corría ningún peligro, porque siempre podría alegar que había entrado únicamente para hacerle a usted una consulta.

»Pues bien, cuando hubo comprobado que, en efecto, se trataba de las pruebas, es cuando sucumbió a la tentación. Dejó sus zapatillas encima de la mesa. ¿Qué es lo que dejó en ese sillón que hay al lado de la ventana?

-Los guantes -respondió el joven.

Holmes dirigió una mirada triunfal a Bannister.

-Dejó sus guantes en el sillón y cogió las pruebas, una a una, para copiarlas. Suponía que el profesor regresaría por la puerta principal y que lo vería venir. Pero, como sabemos, vino por la puerta lateral. Cuando lo oyó, usted estaba ya en la puerta. No había escapatoria posible. Dejó olvidados los guantes, pero recogió las zapatillas y se precipitó dentro de la alcoba. Se habrán fijado en que el corte es muy ligero por un lado, pero se va haciendo más profundo en dirección a la puerta del dormitorio. Eso es prueba suficiente de que alguien había tirado de las zapatillas en esa dirección, e indicaba que el culpable había buscado refugio allí. Sobre la mesa quedó un pegote de tierra que rodeaba a un clavo. Un segundo pegote se desprendió y cayó al suelo en el dormitorio. Puedo agregar que esta mañana me acerqué a las pistas de atletismo, comprobé que el foso de saltos tiene una arcilla negra muy adherente y me llevé una muestra, junto con un poco del serrín fino que se echa por encima para evitar que el atleta resbale. ¿He dicho la verdad, señor Gilchrist?

El estudiante se había puesto en pie.

-Sí, señor; es verdad -dijo.

-¡Cielo santo! ¿No tiene nada que añadir? -exclamó Soames.

-Sí, señor, tengo algo, pero la impresión que me ha causado el quedar desenmascarado de manera tan vergonzosa me había dejado aturdido. Tengo aquí una carta, señor Soames, que le escribí esta madrugada, tras una noche sin poder dormir. La escribí antes de saber que mi fraude había sido descubierto. Aquí la tiene, señor. Verá que en ella le digo: «He decidido no presentarme al examen. Me han ofrecido un puesto en la policía de Rhodesia y parto de inmediato hacia África del Sur.»

-Me complace de veras saber que no intentaba aprovecharse de una ventaja tan mal adquirida -dijo Soames-. Pero ¿qué le hizo cambiar de intenciones?

Gilchrist señaló a Bannister.

-Este es el hombre que me puso en el buen camino -dijo.

-En fin, Bannister -dijo Holmes-. Con lo que ya hemos dicho, habrá quedado claro que sólo usted podía haber dejado salir a este joven, puesto que usted se quedó en la habitación y tuvo que cerrar la puerta al marcharse. No hay quien se crea que pudiera escapar por esa ventana. ¿No puede aclararnos este último detalle del misterio, explicándonos por qué razón hizo lo que hizo?

-Es algo muy sencillo, señor, pero usted no podía saberlo; ni con toda su inteligencia lo habría podido saber. Hubo un tiempo, señor, en el que fui mayordomo del difunto sir Jabez Gilchrist, padre de este joven caballero. Cuando quedó en la ruina, yo entré a trabajar de sirviente en la universidad, pero nunca olvidé a mi antiguo señor porque hubiera caído en desgracia. Hice siempre todo lo que pude por su hijo, en recuerdo de los viejos tiempos. Pues bien, señor, cuando entré ayer en esta habitación, después de que se diera la alarma, lo primero que vi fueron los guantes marrones del señor Gilchrist encima de ese sillón. Conocía muy bien aquellos guantes y comprendí el mensaje que encerraban. Si el señor Soames los veía, todo estaba perdido. Así que me desplomé en el sillón, y nada habría podido moverme de él hasta que el señor Soames salió a buscarle a usted. Entonces salió de su escondite mi pobre señorito, a quien yo había mecido en mis rodillas, y me lo confesó todo. ¿No era natural, señor, que yo intentara salvarlo, v no era natural también que procurase hablarle como lo habría hecho su difunto padre, haciéndole comprender que no podía sacar provecho de su mala acción? ¿Puede usted culparme por ello, señor?

-Desde luego que no -dijo Holmes de todo corazón, mientras se ponía en pie-. Bien, Soames, creo que hemos resuelto su pequeño problema, y en casa nos aguarda el desayuno. Vamos, Wátson. En cuanto a usted, caballero, confío en que le aguarde un brillante porvenir en Rhodesia. Por una vez ha caído usted bajo. Veamos lo alto que puede llegar en el futuro.